martes, 4 de abril de 2017

COMUNIDADES DE VECINOS

Entramos en el piso hace 25 años o así.

Los cimientos, las tuberías y los habitantes nos fuimos haciendo viejos.

Las pieles agrietándose y arrugándose como las paredes.

Los cuerpos desconchándose.

Algunos nos fueron dejando, vimos aquella decadencia penosa y lenta. El coche del médico aparcado frente al portal, subido de mala manera a la acera.

Un muerto en un edificio siempre se recuerda mucho más, no se sabe bien por qué.

Cogiendo el ascensor, mirando en el buzón, saludando al entrar o al salir.

Las comunidades de vecinos y los bienes y males inmuebles se encargan de preservar su memoria con mucha eficacia.

Otros un día enderrepente aparecieron enfermos.

Comenzaron a rayar la pintura de la puerta del ascensor al pasar con la silla de ruedas.

Los has visto desde siempre vigorosos y un día comienzan a aparecer con un problema de salud físico aparente. Y no se sabe bien si preguntar o no qué les sucede.

En el edificio hay gente que todos los vecinos hemos entrado en sus casas, otra que siempre se sospechó que se dedicaban a algo ilegal, porque de ellos nada se sabe.  

En el edificio no se puede disimular nada. Ni las crisis de pareja, ni los conflictos domésticos, ni los abandonos del hogar, ni los gemidos del folleteo, ni las mudanzas.

Aunque vengan nuevos vecinos a un piso, en la mente siempre quedarán los moradores originarios. Uno se va de Errasmus o de casa y cuando vuelve como el hijo pródigo han cambiado algunos vecinos, como cambian algunas tiendas y bares en el centro de la ciudad.

En el edificio siempre hay uno que hace las prácticas de Derecho en la Junta de Vecinos y que se sabe de pe a pa la Ley de Propiedad Horizontal.

En el edificio siempre hay uno o dos pisos de estudiantes. Periódicamente, el tablón de anuncios se llena de las más variadas advertencias o prohibiciones siempre dirigidas disimuladamente a ellos.

Siempre hay una maruja, uno que no paga, una señora mayor a la que los vecinos le llevan comida y midicinas.

En el edificio no vimos nacer ni crecer a ningún ñiño. Los que entramos como ñiños o adolescentes nos fuimos del nido e hicimos la vida en otro lugar. A veces vienen los domingos algunos nietos. Los que se quedaron lo hicieron esperando silenciosamente la gentrificación, peor que la muerte.
    
En el edificio la gente cierra silenciosamente las puertas y las terrazas. Domicilian la cuota y los sueños. Se cagan en el IBI. Suspiran por un chalé o un piso en la playa.

Aman, ríen, cantan, se duchan, tiran de la cadena. Gritan cuando marca gol el Madrí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario