lunes, 28 de marzo de 2016

3

Pillaron a dos profesionales sanitarios manteniendo relaciones en el sanitario.
Les pidió explicaciones la Gerencia.
Estábamos en acto de serVICIO, contestaron.

2

Dónde vamos ahora, le pregunté a la enfermera.
A hacer una cura de humildad, me dijo.

miércoles, 23 de marzo de 2016

EL ÁLBUM DE FOTOS DE LA BODA Y DEL VIAJE DE NOVIOS

No hay una cosa que me guste más que despertar en una habitación de una persona que no conozco y mientras se ducha intentar llegar al fondo de su alma a través de los títulos y los lomos de los libros que hay en su estantería. Me gustan esos lomos y los ibéricos de Salamanca también. También me gustan las Lomas de Zamora; las de la capital castellanoleonesa y las de la provincia de Buenos Aires.

Yo por ejemplo, tengo una personalidad de revolucionario construida en mi estantería, porque tengo el de “¿Qué hacer?” y el de “Hegemony and Socialist Strategy” y tal, que nunca me he leído y no creo que pueda leerme, pero que deja la idea en la cabeza de la otra persona (“nunca se sabe cuándo hay que dar una primera impresión”), lo cual es justamente es mi objetivo: una rápida imagen construida desde lo emocional no pasada por el filtro de lo racional, proceso al que llo contribuyo duchándome rápido.

Un día desperté en casa de una chica que pensaba que no leía, pero es que tenía los libros de lectura en el salón. En ese momento deduje que era una persona atípica, porque los libros de lectura se tienen en la habitación y la enciclopedia en el salón, pero los apartamentos y las familias contemporáneas han venido para romper con los roles tradicionales.

De entre todos me llamó la atención uno muy gordo, que abrí y que según pude comprobar se trataba del álbum de fotos de la boda y del viaje de novios.

Al instante me di cuenta de que yo había leído muchos libros, pero que no había uno tan puro literariamente como aquel. Creo que pertenecía al género de la novela gráfica.

Mucho se hablaba de que los libros estaban muy vivos a pesar del paso del tiempo, pero había en ese libro algo diferente. Mientras en otros casos lo que mutaba al libro era la percepción y la mente del que lo leía, en el caso del álbum de fotos de la boda eran los mismos personajes de las fotos (la película de la vida) los que contradecían y matizaban la nueva realidad, porque podía darse el insólito pero posible caso de que uno de los fotografiados y a la postre contrayentes, muriera aunque siguiera vivo, lo que se conocía con el nombre de divorcio.

De alguna manera no podía dejar de pensar que ese fotografiado podía haber sido yo si hubiera conocido a la novia 25 años antes. Y que quizá ahora estuviera muerto en vida, lo que creo que se conocía también como catalepsia en una de sus variantes. Y que quizá un joven 25 años más que yo estaría ahora en mi lugar, lo que de alguna manera lo convertía en un hijo mío, o al menos en un sucesor o en un peón de ese modo de trascendencia en este tipo de nueva vida que desde algún tiempo me venía procurando.

Un día le robé unas gafas a mi padre de cuando era joven y me las puse para ver una película con ella, para jugar a ser su exmarido, porque él salía con gafas grandes y pantalones de campana en las fotos del álbum, como correspondía a la época.

Todo seductor mínimamente instruido debe conocer que si quiere ocupar el lugar de un marido se debe presentar ante la implicada como una clara fuerza de vector antagonista que lo diferencie superando de largo al primero, pero en el fondo lo que subyace es un deseo irrefrenable de dejarse guiar por la corriente equivocada y presentar comportamientos y músculos agonistas con él.

Siguiendo esta misma teoría, en la cama debiera ocupar la posición contraria a la que ocupaba él. Yo no sé si ella era consciente de esta realidad, así que no sabía bien si el lugar que me ofrecía era habiendo sopesado mi teoría del antagonismo o si me la ofrecía porque el lugar en el que dormía ella era su sitio de siempre, lo cual me parece muy bien pero no nos beneficiaba para nada como pareja que construye romance.

Cuando esa situación sucedía en un desliz matrimonial, se podía aplicar una corrección por mesillas de noche. Se trataba de adivinar el sitio de cada uno por las mesillas de noite. Si se diera el caso de que en las mesillas hay libros el juego se pondría mucho más emocionante, porque volveríamos al mismo punto de antes, sólo que ahora al conjunto de libros había que asignarle una persona u otra, a la manera de código binario.  

La misma emocionante adivinanza sucedería en el momento de los cepillos de dientes. Me encantan esos sustantivos y objetos comunes en cuanto al género. No sabes quién es quién. El sentido común decía que debieras usar el cepillo de ella, pero el deseo irrefrenable de suplantar una identidad pudiera hacer que quisieras usar el de él. Puedes contagiarte una hepatitis o dejarle un resto de comida para que continúe el ciclo de la vida, indistintamente.

No se puede evitar mirar el álbum de fotos de la boda o del viaje de novios con mucha tristeza. Por la juventud que fue. Por las risas que son llanto. Por un proyecto de vida que de alguna manera fracasa o cuanto menos se trastoca. Por los hijos que quedan por el camino. Por todo lo padecido.

No hay una cosa que me ponga más triste que no haya habido un viaje en la vida que no supere después al viaje de novios de una pareja ahora divorciada.

Quería cerrar esto de otra manera pero estoy saliente de guardia. Ya no se puede más.

lunes, 14 de marzo de 2016

AMIGOS DE POR LA NOITE (DE POR LA NOCHE).

Siempre me ha parecido muy bonito y curioso lo de los amigos que se hacen por la noche cuando se está borracho. De entre todas las relaciones interpersonales no hay una que sea más fuerte a inmediato-corto plazo y más frágil en el medio plazo.

A veces no basta más que una mirada para comenzar a bailar y dar tumbos juntos mientras llegas a un grado de proximidad corporal que tardarías años en la vida real. Ese momento del contacto, por comportarse como un antagonista, encierra toda la magia en esta sociedad tan difícil, inhumana y aburrida que hemos construido en Europa.

Nadie recuerda de lo que hablan dos amigos de por la noite, así que se puede decir lo que se quiera sin ningún miedo a equivocarse o mentir… es como comenzar una vida apócrifa y nueva cada noite.

Cuando dos amigos se conocen de por la noite la relación comienza ya viciada, nunca mejor dicho, y es como cuando te dicen que una pareja se ha conocido en una página de contactos por Internet… que todo bien… pero que desconfías un poco y sin querer de la viabilidad de la relación. Esa frase de…se conocen de fiesta.

Se comparten taxis, cervezas de lata, litros de calimocho, cigarrillos, canciones de Sabina, portales, plazas, afterhours, dinero, bocadillos de rusito, antebaño de los bares, micciones… Se hacen presentes grandes pasiones… la amistad, el amor, la risa estruendosa, el llanto…

Es difícil imaginar una situación en la vida (aunque se trate en este caso de una vida artificial creada por el alcohol y por la noite) que llene más de significado la palabra fraternidad, salvo el caso de la izquierda política.  

Esos amigos que se van por fin para casa…brazo de uno en hombro de otro…brothers in arms…y que al día siguiente cuando se recuerdan vagamente en medio de la resaca saben que nunca se van a llamar… pero que esbozan una sonrisa. 

lunes, 7 de marzo de 2016

PISOS DE ALQUILER

Me agarré una peda a calimocho como hacía tiempo.

Siempre he dicho que no hay como el subidón del mocho, y que no hay como su resaca.

Conocí a una chica esa noche y no dijo “vai embora”, con lo que finalmente terminamos en su casa.

Yo vivo en una ciudad con una universidad muy antigua y prestigiosa, en la que cursan sus estudios un montón de estudiantes, que dinamizan la vida y la economía de esta patética ciudad.

Por aquel entonces no era extraño que las familias de clase media arraigadas en la ciudad poseyeran varias viviendas, bien porque las compraron con la idea de vivir en ellas o de invertir, bien porque las hubieron heredado… y era frecuente que no se deshicieran de las mismas con la idea de alquilárselas a los estudiantes y así poder completar la economía familiar.

Aunque iba muy borracho, pude darme perfecta cuenta de que aquella chica estaba llevándome al piso que mis padres alquilaban.

No dije nada y aguardé tranquilo.

Metió la llave en la cerradura y me dijo que guardara silencio, pues compartía el piso con otras compañeras.

Yo había vivido en esa casa hasta los 9 años, con lo que tenía recuerdos bastante vívidos.

Como me estaba figurando, porque cuando las cosas comienzan a coincidir lo hacen en toda su completud, ella ocupaba la habitación en la que yo justamente pasé mis primeros años de vida.

Aquella noche dormí participando de un flashback muy loco.

Cuando en la mañana nos despertamos tenía una resaca que me quería morir, y después del acto matutino que corresponde a esos encuentros dije que iba al baño. La tía no se enteraba de mucho, pues no me dijo dónde estaba y no se extrañó de que yo supiera ir sin ayuda.

24 años después me volvía a sentar en aquella taza del wáter, mirando a los mismos azulejos, en aquel espacio que seguía siendo minúsculo.

Me acuerdo que cuando era muy pequeño, para animarme a usar de manera independiente el wc, mi abuela me regalaba un muñequito de Don Pimpón cada vez que defecaba sin la ayuda de un adulto. Ahora me veía allí de nuevo y pensé fuerte en Don Pimpón mientras empujaba antes de alumbrar aquel producto negro tan típico del día que sigue a la ingesta del calimocho.

Después me dirigí a la cocina y me puse un vaso de cerveza, que he descubierto que es lo mejor para superar la resaca, porque te mantiene un poco pedo y encubre muy bien los síntomas indeseables de la abstinencia y de la postsobreingesta.

Aunque aquella chica no me gustaba mucho y creo que yo a ella tampoco, insistí para poder continuar con esa historia, porque quería comprobar hasta qué punto la vida es capaz de llevarte.

Me gustaba sentarme en el mismo lugar del sofá. Desde aquel ángulo podía divisar el balcón de mi amigo Agus, que me hacía una señal con la mano para bajar a la calle. Ángela me veía ahí ensimismado y siempre me preguntaba que por qué me quedaba mirando como alelao al balcón de enfrente… y yo le respondía que era el jachís de Salamanca, que era muy malo y cabezón… y que me dejaba tonto.

Una vez trajeron marihuana y tuve un mal viaje… Abrí la puerta de una de sus compañeras, que era la habitación de mis padres, y ahí les vi a los dos… mi padre con el bigote negro y recortadito… y mi madre con el pelo rizado, tan joven y guapa…los dos tumbados en la cama y abrazados, tan jóvenes y sanos, mucho antes de iniciar la decadencia propia de la tercera edad…. En realidad eran su compañera y su novio… que se enfadaron mucho por mi injerencia…

Así pasaban los días… me encantaba ver a los vecinos en la escalera, ya ancianos, que yo había conocido jóvenes y en todo su esplendor y que eran tan difícilmente reconocibles para mí como yo para ellos. Compraba el pan en el mismo ultramarinos de la esquina y tronquitos de fresa con picapica en el mismo kiosco. Volví por fin al barrio, de donde nunca hube de salir. En realidad había ido muy lejos pero nunca salí de allí.

Salir con Ángela era una manera de mantenerme fiel a los orígenes.

Un día mi padre me dijo que los inquilinos le habían dicho que se iban del piso, que fuera poniendo papeles para intentar alquilarlo; pero a mí Ángela no me había dicho nada.

El día 30 habíamos quedado para cenar pero no quiso que subiera a casa, porque me dijo que tenía un dolor muy fuerte de ovarios y que prefería que yo me fuera a mi casa a pasar la noche. Nos besamos largamente en el portal, a iniciativa mía, porque sabía que era la última vez, aunque ella no sabía que yo sabía. Si hubiera sido hace unos años me hubiera roto el corazón, pero desde que fui a Río de Janeiro he aprendido a vivir el momento y ya. La besé como tantas veces soñaba con besar cuando yo tenía 9 años y veía a las parejas besarse en mi portal. El 1 ninguno de los dos se puso en contacto con el otro y el 2 no contestó a mis llamadas.

Le pedí a mi padre la correspondencia que le iba llegando después de marchar. A todo inquilino que abandona una vivienda le van llegando cartas durante un tiempo, como una manera de estertores epistolares. La muerte del arrendatario y del morador de una dirección fiscal acontece cuando le dejan de llegar cartas a su casa, y eso puede que sea muchos años después de la muerte física. Iberdrola puede que te deje sin blanca o sin luz en vida, pero es un prolongador de vidas postales muy eficaz.

Abrir las cartas que le llegaban era una manera de cordón umbilical. Estaba mal abrir el correo ajeno, pero peor estaba abrir el corazón ajeno, intervenir quirúrgicamente y luego irse sin cerrar, dejando al paciente con el pericardio y las aurículas al aire.

Un día recibí una carta que abrí y leí. Un sudor frío me recorrió y caí redondo de la impresión. Era una carta que llevaba mi nombre en el remite y que juro por dios que yo no había escrito ni mandado. Dentro llevaba esta historia.


Roberto Sánchez.

jueves, 3 de marzo de 2016

LAS BRAGAS PERFUMADAS

Me regaló unas bragas como una manera de prometerme amor eterno.

Antes de entregármelas las roció con sendas densas vaporizaciones de perfume embriagador.

Yo no había visto apretar así un pulverizador desde cuando era médico y atizaba trinisprays empíricamente a diestro y a siniestro en medio de la meseta castellana.

Pero algo pasó dentro de su cabeza y no quiso a volver a verme nunca más. Qué carajo fue no lo sé.

Como sabía que uno de los mayores errores que podía cometer era suplicarle una nueva cita o que volviera conmigo, le supliqué que me dijera de qué perfume se trataba para recordarla así para siempre.

Tampoco satisfizo este requerimiento.

Así que un día me presenté en la perfumería y le dije a la dependienta que tenía un problema porque había olido un perfume pero no sabía cuál era.

Pensé en esas situaciones medio ridículas cuando no te sale una canción y se la cantas a alguien o a una aplicación para ver si ésta se te revela de alguna manera.

La dependienta en un gesto de buena voluntad y de claro compromiso con mi desamor me fue ofreciendo a oler una gran batería de perfumes, pero no dábamos con él.

Claramente, sólo quedaba una opción.

Yo tenía mucho miedo porque entre tantas idas y venidas las bragas estaban perdiendo el olor, y si no encontraba pronto el perfume perdería lo último que de ella me quedaba.

No sabía si había en el mercado restauradores de bragas perfumadas al igual que había restauradores de cuadros o de capillas o de grabados antiguos. O restauradores de amor.

Yo ya no sabía si seguir oliéndolas cada día, porque no conocía si la fragancia que aspiraba la pituitaria se iba sustrayendo del tejido.

Había una parte minúscula y preciosa, que era una pequeña pieza romboidal, que se proponía para alojar el justo y diminuto sexo, y que guardaba, qué casualidad, la mayor parte del aroma. Tampoco era extraño, porque el tejido restante estaba constituido por lo que se conoce como “puntilla”, y el perfume, suponía yo, se dispersaba en la discontinuidad. Sin embargo aquel rombo textil era un continuo donde la fragancia podía campar a sus anchas como lo hacía la Cándida Albicans en un ph adecuado.

Le ofrecí a la dependienta la pieza dentro de un calcetín de verano, que supuse resguardaba mucho mejor el aroma y el recuerdo que una impersonal e infinita bolsa de plástico del Pryca.

Se metió en un cuarto y yo pensé que de la misma manera que no te ofrecen un diamante y te pones a medirle los quilates a plena luz del día, no sacas esa pieza y te pones a olisquearla a la vista de todo el mundo.

En un gesto íntimo me cerró la puerta en las narices y no pude observar el glorioso momento de aquella tercera persona interpuesta en aquella historia de amor (y ropa) interior.

Me dijo que aquel perfume estaba descatalogado, como los libros. Yo la creí a medias, porque probablemente el perfume era transoceánico, y es como si le pones a un reputado botánico europeo una planta autóctona del Brasil, que no tiene ni puta idea.

Aquello me desarmó completamente. Significaba el definitivo revés a la última de todas las cartas que tenía bajo la manga. La partida había terminado.

Aunque en el amor pasa como en política. Gramsci dijo en su teoría sobre la lucha por la hegemonía que la partida siempre está abierta, que nunca termina. Que el adversario siempre puede y debe contraatacar. Esperar, en definitiva, no era sino otra forma de contraatacar.

Me volví a la casa y fui testigo de la lenta defunción del olor braguil; tranquila, progresiva y sin grandes sobresaltos, tal y como va matando cualquier cáncer.

En realidad me vino muy bien la extinción del olor, pues percibí que paralela a ella mi sufrimiento y mi recuerdo se esfumaban. El caso es que no era capaz de identificar cuál era la causa y cuál el efecto. Pero qué más daba.

Después de mucho tiempo sin pensar en ella, un día vi a una chica igual por detrás, y cuando la encaré me di cuenta de que no era. Aquello revolvió todos los sentimientos que hi(n)b(i)ernaban dentro de mí, y lo primero que hice fue correr a refugiarme, como un niño inmaduro que se agarra a su peluche, en las bragas.

Me quedé de piedra cuando pude dar cuenta de que desprendían de nuevo el mismo intenso aroma.

A partir de entonces, cada vez que pensaba en ella iba a las bragas, y me deleitaba con el perfume. Un día estaba ordenando la habitación y me las llevé a la napia como un gesto más doméstico y rutinario que otra cosa, sin haber pensado previamente y de manera romántica en ella… y observé que no olían a nada.

Quedé flipado con aquel fenómeno de naturaleza química, pero pensé que igual que en mi cerebro se desencadenaba el recuerdo de ella espontáneamente debido a vete tú a saber qué reacción enzimática, por qué no debía suceder así en el caso de las bragas.

Comencé a comprobar que el perfume de las bragas se estaba convirtiendo en el trasudado de mi sustancia blanca, no sólo por este fenómeno sino porque lo utilizaba al mismo tiempo como un fetiche que construía mis fantasías eróticas, con lo que en aquella pieza de alta lencería convivían el estado gaseoso del perfume con el estado líquido de otra cosa.

De esta manera, me di cuenta de que con mi cerebro era capaz de regular la existencia y la intensidad del olor, que no era otra cosa que un trasunto de mi recuerdo y creo que también de mi amor.


Un día en una aglomeración invadí el espacio vital de una chica que pasaba por la calle, y pude identificar el perfume con un intervalo de confianza del 95%. La seguí, aunque no sabía si la seguía a ella o al perfume.

El escenario que se abrió a partir de ahí fue muy complicado. Yo debía procurar un acercamiento a ella aunque no sabía bien con qué objetivo ni con qué metodología. Yo ya había aprendido eso de que “no hay manera más segura de perder algo que necesitarlo”.

Yo lo que quería era que me dijera el nombre de su perfume, pero comprendí que quizá preguntarle eso de sopetón la iba a asustar, así que realicé una maniobra de aproximación con no sé qué excusa pere-grima. Al final una cosa llevó a la otra y nos conocimos un poco. El primer día que quedamos la llevé a una discoteca para tener que hablar muy próximos en medio de la oscuridad y la estruendosa música, y así poder olisquearla sin problemas. Aquella noche se había echado una dosis de carga, y pude disfrutar doblemente del aroma.

Percibí que se abría una ventana de oportunidad y le tiré la boca, con resultado efectivamente exitoso. Lo hice básicamente para poder darle con posterioridad ese beso de lamerle el cuello y el escote y rebañar toda la colonia con la lengua, que se me puso súper amarga. Yo creo que esa noche me hace soplar la Guardia Civil y doy positivo.

Andando el tiempo nos hicimos medio novios. El día que cumplimos un mes le regalé las bragas, que metí una cajita muy mona con corazones para hacerlas pasar por nuevas. También mi enamoramiento lo hacía pasar por nuevo, cuando ya me tenía todos pasos más vistos que el tebeo.

Haciéndole entrega de las bragas entendí cómo el amor ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Le hice entender lo que me gustaban y me ponían esas braguitas para inducirla a que se las pusiera a menudo.

Se las solía casi arrancar de cuajo en medio de la pasión y acostumbraba a acercar mi nariz a la pieza textil.

Un día sucedió que aunque estábamos en ese momento tan íntimo, y con ellas en la mano, pensé en la dueña originaria de las bragas, y de pronto comencé a sentir un fuerte e injustificable olor a perfume proveniente de las mismas.

Desde aquel día, volví a experimentar aquel fenómeno en el que no sabía si el olor provocaba el recuerdo o viceversa.

Entendí entonces que los viejos amores siempre vuelven. Siempre. Solamente hay que saber esperar.

Creo que de alguna manera se percató, y desde entonces no dejaba que oliera las bragas así en seco, con ellas en la mano, con la excusa de que le daba vergüenza y de que invadía su intimidad.

Sólo me dejaba proceder con ellas puestas en el momento de máxima excitación, con lo que aunque solía provocar el olor del perfume con el recuerdo, aquello se mezclaba con el olor de las secreciones de ella y hábil-MENTE lograba que en mi cabeza cobraran peso aquellas dos mujeres por igual.

Por cierto, el perfume se llamaba Pitanga. No Pi-tanga, porque ya digo que se trataba de unas bragas. 

Pitanga.


Roberto Sánchez

martes, 1 de marzo de 2016

Sangre, SUDOR y lágrimas.

Mientras la sudoración constituye una anomalía en Castilla y León, es la norma en Río de Janeiro. En Castilla la vieja sólo se suda cuando algo malo sucede, como que has tenido que echar una carrera porque perdías el bus de Madrid o te han dicho que se te ha muerto un padre de repente. También se suda de vez en cuando si tienes que hacer una RCP (Reanimación Cardiopulmonar), básicamente. Es curioso, porque en Zamora te haces una sudada por cualquier cosa y sientes que puedes oler mal, sin embargo en Río (tra)sudas la camiseta durante toda la mañana y ni se te ocurre que puedas ofrecer ese aroma. A parte de esto Botafogo es como San Lázaro, guardando las proporciones y salvando las diferencias; que no viene a cuento pero que siempre quise decirlo.

Las chicas en Río sudan colonia. Saben sudar con mucha elegancia, como en capa fina, sin concentrar las gotas, al revés de como se agregaba el viejo mercurio de los termómetros de antes, y a lo que se jugaba ignorando su toxicidad letal. 

Yo nunca había visto antes de ir a Río que pudiera manar agua a chorro de entre los poros de la piel. Había visto anegarse el territorio como la sangre tímida ocupa los espacios declives en algunas situaciones, en un proceso que se podría clasificar de pasivo. Pero no que emerja como una fuente que fabrica gotas. Las células epidérmicas se disponen en celdillas como el pavimento de las calles y el sudor o el agua de lluvia ocupa todos los espacios entre ellas, con lo que se constituye un torrente que se desborda y termina cerca del bordillo de las aceras o en el ignoto destino que le esperan a las gotas emitidas de sudor.

La clase baja pasa mucho calor porque vive en las zonas más alejadas del mar y los fines de semana no se mueven de la playa. A la clase alta el sudor se le seca con el chorro bien fuerte del aire acondicionado. Hay que ser carioca para diferenciar las situaciones que requieren ventilador de aspas de techo o aire acondicionado. Para manejar esos tráficos de laundry que van y vienen. Para saber cuándo ducharse y cuándo no. Un carioca nunca te niega un vaso de agua gelada, una toalla limpia y una ducha que llevarse al cuerpo y al alma. Un carioca pinta la vida con los colores de los retuladores Carioca.

En las noches cerradas, calurosas e inverosímiles de Río de Janeiro es muy fácil confundir el sudor con las lágrimas.
Sudar en el justo momento de salir de la ducha. Subiendo las lomas de Santa Tereza. En los motelitos de Nossa Senhora. Sudar fu(n)d(i)endose. Sudar en tRío de Janeiro. Sudar al darte cuenta de que llevas desde la hora del almuerzo con una piel de feijao o una brizna de hortela entre los dientes. Y ese sudor frío central de la resaca.

Dicen que algunos animales de sangre caliente como los perros y los gatos carecen de glándulas sudoríparas, por lo que deben regular su temperatura corporal mediante otros mecanismos como el jadeo. Lo mismo pasa en Río.

Hay una compañía de antitranspirantes que se llama “Perspirex”, que tiene como slogan “El sudor no se lleva”. Vaya gilipollez. No hay nada más se(ns/x)ual que el sudor.  

Roberto Sánchez
Río de Janeiro, Salamanca; marzo de 2016. 

LANCHONETES

Llegan, se apoyan en la barra y piden. Un zumo, un pequeño bocadillo, un agua de coco. Comen en silencio, de pie. No se sabe si lo tenían decidido o fue de repente. Comparten su soledad. Es una soledad alegre, no es la soledad japonesa afterwork que sorbe los fideos como quien sabe que se destroza la vida porque la pierde, a cada bocado y cada día.

En esos sitios la soledad se disimula y se integra en el ecosistema mucho más que en una mesa.

No hay lugar para las situaciones extremas y trágicas de los bares españoles, porque no se suele tomar alcohol ahí.

En Río de Janeiro son posibles esos sitios a pie de calle, porque el clima lo permite. La características geográficas y climatológicas moldeando el comportamiento, la cultura y las relaciones entre las personas. No hay probablemente nada más interesante en la vida. Es España se hace vida, se tienen sentimientos y se pone una decoración de interiores.

Los camareros atienden dili-GENTES y se saben todo de memoria. Es como cuando te sorprendes de que alguien te conozca tan bien en tan poco tiempo. Te sorprendes de que se sepan tan bien lo que has tomado con la poca atención que te han prestado.

Todo el mundo suda con arrepenti-MIENTO y algunos soportan la resaca con disimulo.

Yo me pongo en una esquina y veo como todo sucede en un cruce de dos calles, como una perfecta representación a escala de la vida y de la sociedad. Pido un suco, mi idolatrada coxinha y luego un café con leche, porque está caliente de cojones y a 38 grados tarda la de dios en poder tomarse, con lo que tengo la excusa para permanecer ahí un buen rato, mientras todos vienen y van.

Gente que viene y va, como sucede en los hostel... y como son las relaciones aquí entre las personas y que tanto me ha costado aprender, pero ya está.

Gente que viene y va, como en la vida... que contradice ese ridículo e irreal ‪#‎paratodalavida‬ europeo.


Fuente: google imágenes

Roberto Sánchez
Río de Janeiro, febrero de 2016. 

LADRONES DE PALABRAS

En Río de Janeiro no conviene sacar fotos porque es fácil que te roben la cámara mientras lo haces.

Así que hay que ir sacando todas las imágenes con la retina y guardándolas en el cerebro, o juntando todas las palabras como si fueran píxeles. Una palabra en mano vale más que cientos de imágenes volando.

Así lo hice con los "Besos de carnaval", que escribí anteriormente en este muro de las lame(n)taciones.

Sucedió que estaba quieto, fotografiando la escena, y un tipo se me acercó y me dijo que buenos días y que venía a robarme, pero que como estaba sacando una fotografía de palabras que le diera unas cuantas.

Yo evidentemente no me resistí, así que saqué la cartera del bolsillo y se las ofrecí para que cogiera las que quisiera.

Él se agobió con tanto léxico y arrancó a sudar. No sabía si podría ser capaz de encontrar un verbo transitivo entre tanta conjunción junta, así que fue tomando (pre)posiciones.

Se comenzó a poner nervioso y me exigió que eligiera para él alguna de las palabras que resultaban esenciales para la comprensión del Beso de Carnaval.

Yo no era gilipollas y no le iba a dar así como así las keywords. Es como cuando puedes evitar dar al ladrón lo que llevas en el bolsillo secreto. Una de las cosas que distinguen y dan peso específico a esta ciudad, de hecho, es lo bonito que resulta jugar a descubrir los bolsillos secretos del corazón de las personas.

Aquí te dan unas palabras a probar, como la droga, y cuando te das cuenta te han robado el corazón.

Así que abrí la cartera y desplegué todo el vocabulario encima, que era mi única arma en la vida, al contrario que su caso. Hubo que tener cuidado porque algunas palabras se las llevó el viento.

El ladrón enseguida se dio cuenta de que encima las palabras eran españolas, así que le hacían el mismo apaño que cuando afanaba un teléfono español en la ciudad, que no le valía para nada.

Se puso medio a llorar y me dio hasta pena. Le dí finalmente unas cuantas buenas: amor, nostalgia, pasión y sangría.

Se apropió de ellas y las utilizó para conquistar a una chica española que era lingüista, por lo que creo que besaba bastante bom.

Lo vi un día cabizbajo por Avenida Atlántica, al posto 6. Le pregunté que qué le pasaba y me dijo que un amor en España viviendo en Río es como el teléfono que robas y que te hace ilusión en el momento pero que luego no te vale para nada, salvo que lo liberes de la compañía originaria.

Roberto Sánchez
Río de Janeiro, febrero de 2016

HIJO DE PUTA

Le dijeron al escritor:
- Eres un hijo de puta. Ya no me escribes para intentar ganarme, sino para evitar perderme.

AJAX PINO

Metí la llave en la cerradura del portal y al entrar al descansillo pude oler un aroma diferente que relacioné contigo inmediatamente; sentí que por fin habías vuelto a casa.

Llamé al ascensor y lo esperé apresurado. Esperaba que tres pisos después estuvieras por fin esperándome en el sofá después de tanto tiempo.

Bajó el ascensor y abrí la puerta de un tirón violento, antes del descorrer completo de las puertas interiores.

Pude ver el cubo y la fregona de la señora de la limpieza.
Era lunes, día de limpieza, y lo que olía era el ajax pino.

Roberto Sánchez
Salamanca, febrero de 2016. 

BESOS DE CARNAVAL



El gringo no había visto todavía ese fotograma de la vida en el que dos personas se embestían los labios con la fuerza de la inmediatez y con la certeza de la caducidad.

No conocía que existía un diferente contrato social para un beso de nuevo cuño: el beso de carnaval. Una transacción de sentimientos efímeros y desdibujados, pero no por ello menos reales. La vida parecía que iba a terminar un segundo antes del fin del beso de carnaval.


Se pactaban las cláusulas y los dos contrincantes se ponían labios a la obra. Se movían al ritmo de la música o acaso espasmódicamente, en un armonioso caos.



La energía en forma de calor que se desprendía de tal reacción química y sobre todo física, dibujaba una zona de confort alrededor, que separaba a los contrayentes de la multitud. Un espacio privilegiado dentro de la escasez, que no se sabía si era causa o consecuencia de la levitación.

En el beso de carnaval no había lugar para labios imprecisos o torpes, para primerizos babeadores que exigían una limpieza de comisura después del acto, en un gesto que retrotraía a la más tierna adolescencia. No había lugar para besos que duelen, para traumatismos dentales o para lenguas perezosas que quedan a la deriva del oleaje de la saliva.

Después del beso de carnaval solían mirar al vacío, sabiéndose observados, y volvían como si nada a sus Antárticas o a sus rutinas; quizá a sus pasos de baile, quizá a coreografías fabricadas en la televisión, quizá al mundo del que quisieron escapar con ese beso...Y al que nunca debieron regresar.

Roberto Sánchez 
Río de Janeiro, febrero de 2016.

Fuente imágenes: Google imágenes - Besos de carnaval.