martes, 6 de diciembre de 2016

PADRES IMAGINARIOS

Lunes.

A los recreos y a la verja del patio, que es donde operan los padres ilegítimos y divorciados, se acercó el hombre.

El hombre estaba mal de pasta y tenía buena en-verga-dura, por eso se hizo donante en un banco de semen, para que le dieran crédito en un banco normal.

Sabía que tenía un hijo repartido por ahí pero no sabía quién era todavía, por eso miraba a la cara de todos los infantes de la ciudad, a ver si podía adivinar quién era el suyo.

Arrimaba unos tronquitos de fresa rellenos de lo blanco a la verja, como el que da de comer en el zoo; y de los niños que acudían elegía a uno y le configuraba como hijo putativo.

Le mesaba los cabellos mientras el ñiño mascaba, hasta que le sorprendía la bocina de volver a clase.


Martes.

Llevaba mucho tiempo con una chica y se produjo una separación. La chica rehízo su vida y en un año se echó otro novio y tuvo un hijo. Lo típico, vaya.

El chico sentía que ese hijo era de alguna manera un poco suyo, porque él pudo ser perfectamente el padre, pero no le dio la gana, aunque no sabía bien por qué, como estas cosas bobas que pasan en la vida.

Como siguieron siendo amigos, el chico le pedía a la madre que le dejara alguna tarde al mes al chaval, para disfrutar de la cuota de paternidad ilegítima que le correspondía.

El hombre quería llevarle a un sitio ilegítimo, para hacer honor a su paternidad bastarda, pero era pronto para una actividad ilícita y delictiva.


Miércoles.

Salía con una chica que tenía un hijo. Él lo quería y a veces la chica le dejaba jugar un poco a ser su padre.

Al chico le gustaba mucho porque él lo que quería era ser un padre por horas, no a jornada completa, ni un padre de carrera. Le gustaba ese rol de padre sustituto, como el del médico sustituto, que le pone tratamiento al paciente y a los dos días piensa que el paciente seguro que va a estar de puta madre, y lo mismo está muerto.

El padre le llevaba al Museo del Prado y lo mismo el crío terminaba siendo drogadisto, quién sabe. También sucede que hay drogadistos con estudios, que dilapidaron su potencial intelectual y cultural por culpa de la drogaína, pero esto sólo lo saben los siquiatras, que me lo han dicho.


Jueves.

No tenía hijos y al llegar a los 50 se dio cuenta de que no tener hijos era igual que no tener chalé. Te llegaban los 50 y no sabías en qué dar.

“Si tuviera un huerto que cabachar no sentiría esta presión en el pecho ni esta tristeza”, pensaba, aunque a él los huertos y los calabacines se la refanfinflaban.

Miraba a los hijos de los demás y cuando le daban un beso los de los amigos concentraba todas sus energías imaginando que era suyo. Los padres se dieron cuenta y comenzaron a separar a sus hijos de él, porque sentían que era una amenaza a su status, concepto éste tan weberiano.

Viernes, sábado, domingo descansó, como Jesucristo y los que estudian filología y esas cosas, que no tienen clase.

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