viernes, 16 de diciembre de 2016

GENTE OSCURA

Cuando era adolescente nos juntábamos en verano los que no teníamos ni chalé ni pueblo. Nos comíamos el asFALTO, en Agosto, a 40 grados centígrados.

Un día a uno del grupo se le ocurrió que podíamos jugar a seguir a la gente.

Seleccionábamos a una persona al azar y durante un par de horas íbamos detrás de él a prudente distancia. Era emocionante cuando nos debíamos situar más lejos porque la situación lo requería, para que no nos pillara, y casi le perdíamos, pero al final volvíamos a encontrarle.

Ahí fue la primera vez que experimenté y sentí lo que más tarde leí en los libros de Millás, aquello de que no hay nada más exótico que lo normal.

Me acuerdo que seleccionamos una tarde a un tío que se parecía a Íñigo el de “Al salir de clase”, y que inmediatamente bautizamos como Íñigo.

Le agarramos cerca de la Catedral. Se paró a hablar con varias chicas, y luego se metió en el Burger King. Esperamos mientras pidió un Whopper doble con patatas medianas. Metimos a un torpedo adentro de la hamburguesería a ver qué era lo que pedía. Luego le seguimos hasta lo que debía de ser su casa, a tomar por el culo.

Meses más tarde vimos al Íñigo en la prensa local, pues era director de una compañía de teatro universitaria.

Me removió por dentro que hubiéramos sido capaces de seleccionar a alguien de la población general que finalmente tenía cierta relevancia pública. Aquel gesto llenaba nuestro olfato ojeador de cierta trascendencia.

Andando el tiempo aquel grupo de la adolescencia comenzó a disgregarse.

A veces iba solo por la calle y seleccionaba a alguien a quien seguir. Comencé a afilar mis selecciones en base a una serie de criterios. El juego de seguir a las personas se comenzó a transformar en el juego de observar y diseccionar rasgos morfológicos y culturales. Luego terminaba siguiéndolas, por supuesto, y me pasaba así de lo cultural a lo etológico. Todo este ingente trabajo de campo se hubiera solucionado en un plis plas teniendo un cupo como médico en ese barrio. Pero no eran así las cosas y me tenía que joder.

El caso es que comencé a reunir una serie de criterios de selección en torno a lo que sentía que podía constituirse como teoría. Una teoría que fuera capaz de explicar una compleja y extensa realidad. Observaba que una serie de rasgos distintivos daban lugar a lo que podría denominar como GENTE OSCURA.

Son esas personas de edad indeterminada, con el pelo graso pero asimismo peinado fuertemente y con contundente raya, en chándar, con zapatos, con pantalón vaquero ancho y viejo, bolsillos grandes. Integradas en la sociedad pero a la vez no integradas, que bordean la marginalidad pero que definitivamente quedan dentro de, que conocen a la gente de los bares, que tienen un pensamiento difuso y mal organizado, que sienten en torno a la vida local y a los límites de la ciudad, que siempre asienten cuando les dices algo, que son solteros, que se murió su madre y que andan como huérfanos por la sociedad, que caminan y nunca sabes dónde van y no lo puedes imaginar, porque no lo saben ni ellos. Esa gente que nunca sabes el justo momento en el que se perdieron, y que sabes que nunca se van a volver a encontrar. Ésos que no podrías adivinar ni de coña qué hacen un domingo por la tarde. Que nunca cocinan. Que todavía fuman. Que tienen la cama en el salón. Que viven en la periferia de sí mismos. Que hablan muy poco. Son ésos a los que ya solamente la intervención sociosanitaria puede desentrañar y acercarse a su verdadera realidad, porque se han protegido de todo y de todos. Esa gente meditabunda que piensa y vive en bucles. Que tienen la picha hecha un lío. Que han tenido que esmerarse mucho para rellenar el tiempo que les regaló la vida y la condición de pensionista. Ésos que todos conocen pero que nadie conoce realmente. Ésos que tienen ese carácter de solitario rural forjado en lo inhóspito, pero que han sido trasplantados a la ciudad por la gracia del exódo rural. Esos que nadie sabe cuándo se comenzaron a deslizar por la pendiente. Quizá fue un día raro, un gesto nimio, una tontería. Una noche que llegas a casa y no te apetece hacer la cena. Un día que tomas un par de cervezas de más en el bar de abajo. Un día que le dices a tu novia que ya no lo tienes claro. Una navidad que dejas de ver a los amigos que vienen porque te cansan. Una semana que te quedas en casa rumiando odio porque la vida te decepcionó, porque pensabas que te merecías algo que no te ha sido dado, porque hay una distorsión de las expectativas en torno a una ilusión o un sueño. Ese día que comenzaste a convertirte en alguien oscuro, indeterminado, indefinido, prescindible, irrelevante. El día que comenzaste a ser alguien sin biografía, sin fotos en el álbum.

De esta manera, solamente un grupo de adolescentes pueden, con su deficiente y escaso anclaje al mundo real, sacarte de la sociedad oscura, del mundo oscuro, de la gente oscura.


Una tarde de diciembre, en medio del frío, la niebla y la penumbra, salí a pasear sin rumbo porque no tenía nada que hacer. En un momento dado miré para atrás y me fijé a lo lejos en un grupo de muchachos de corta edad. Seguí mi camino indeterminado y volví de nuevo la mirada hacia atrás, y allí estaban, medio tapados detrás de una esquina. Confirmé una tercera vez esta sospecha. Aquella tarde me di cuenta de que yo también me había convertido en una persona oscura, en gente oscura, que me había pasado al lado oscuro.

Llegué a casa asustado y me puse de inmediato a escribir esto que aquí termina. Pensé que escribir era la única manera que me quedaba de volver, aunque no estoy muy seguro que pueda ya.

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