martes, 4 de octubre de 2016

UNA HISTORIA DE CAPITALISMO ESPAÑOL.

En mi barrio suelo ir a tomar café a un bar. No goza de una buena situación y se nutre de unos pocos clientes coyunturales que vienen y van, y de una pequeña parroquia fiel entre la que me encuentro. Hay una dueña que no ha tenido una vida fácil en lo personal ni en lo familiar. Tiene problemas pegajosos. Se levanta todos los días muy temprano para hacer una tortilla de patatas con un exquisito sabor proletario, cuajada por la lucha de clases. Se pasa el día entero en el bar, turnándose con su hijo, los siete días de la semana. Lleva décadas así. Anteriormente tuvo otro bar en un barrio todavía más periférico, que tuvo que cerrar. Evidentemente está hasta las pelotas. De aguantar a tíos que se maman y van ahí a dar la chapa, de soportar a clientes con requerimientos variopintos y de la vida en general.

En el barrio hay más bares, pero todos se mantenían en equilibrio por una situación parecida de sus dueños.

Uno de ellos se jubiló, y vino una persona más joven, menos cansada, con más ideas y más dinámica, que ofrece mejores productos, y más baratos.

Todo el mundo quiere ir ahora al nuevo bar. Lo poco que tenía y por lo que tanto había luchado la señora se le va escapando cada vez más.


El análisis que mejor explica esta realidad es el que hace el filósofo argentino José Pablo Feinmann revisando la teoría de los carniceros de Adam Smith162: “supongamos que yo quiero conseguir muy buena carne y que tengo frente a mi casa una carnicería. A 60 metros hay otra carnicería. ¿Qué es lo que me va asegurar la mejor calidad de la carne que yo quiero comer? ¿La benevolencia del carnicero? No. Porque un carnicero benevolente no querría destruir al carnicero que tiene a 60 metros. Sería bueno… diría…trabajemos los dos y que cada uno haga lo mejor que pueda con su mercadería y que ofrezca lo mejor… Adam Smith dice: No. Es la competencia la que va a dar la eficiencia del buen producto, y para competir hay que ser egoísta… y para competir no hay que amar al competidor, sino que hay que querer destruirlo. Entonces dice Adam Smith: no esperéis nada de la benevolencia del carnicero. Esperen todo de su egoísmo, porque si el carnicero que tengo enfrente es muy egoísta pero que muy egoísta, va a luchar fervorosamente por aniquilar al que tiene a 60 metros. Entonces va a ser la mejor carne, cada vez va a ser mejor su carne… si nota que el otro la mejoró la va a mejorar más y la va a mejorar más… y la va a mejorar tanto hasta que el otro ya no pueda llegar a esa calidad y cuando el otro no pueda llegar a esa calidad todos le van a comprar a éste y el otro va a cerrar. Entonces yo voy a tener la mejor calidad de carne que no se la debo a la benevolencia del carnicero sino a su egoísmo, a su garra competitiva. Eso es el capitalismo según Adam Smith163.
Entonces el mercado es el lugar idílico donde todos compiten por todos […] y donde actúa lo que Adam Smith llama la mano invisible. El mercado se regula por sí mismo… A lo largo de la historia humana vemos que antes de la mano de Dios de Maradona estuvo la mano invisible de Adam Smith. Lo cierto es que era un recurso casi teológico mediante el cual Adam Smith trataba de ocultar que el mercado del neoliberalismo capitalista va eliminando a los más débiles y se va concentrando cada vez más.
El otro excepcional recurso que tienen los más fuertes del mercado es que en determinado momento ven que ya no les conviene pelear entre ellos, sino que les conviene unirse, y al unirse forman los monopolios y los oligopolios, o esta palabra muy utilizada que son los grupos.
Una vez un tipo de una empresa me dijo muy triste: pensar que yo para tomar una decisión tengo que hablar con un tipo que está en Suecia y que ni sabe dónde queda la Argentina”.

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