miércoles, 19 de octubre de 2016

CARTA A UNA SEÑORA QUE PASEA A UN PERRITO POR MI BARRIO.

Hola,

te veo paseando a un perro moribundo todos los días a las dos de la tarde cuando llevo una vida ordenada, por lo que supongo que tú también la llevas.

Yo soy el que va corriendo y me cruzo contigo en la curva de abajo del parque, donde el columpio gigante del elefante.

A veces me miras, o más bien diriges tus ojos hacia mí, medio desenfocados, y no sé si procesas lo que ves o no.

Yo voy haciendo que desprendo vitalidad y poderío, y que soy capaz de correr más de una hora sin despeinarme, pero en realidad voy follao, y cuando paso la curva para salir a la carretera me paro y voy andando.

Tú siempre andas ahí, con el pelo fosco y una ropa que te queda grande. Has engordado un huevo. La primera vez que te vi cuando volví de Madrid casi ni te (re)conocí.

En realidad yo soy Rober, y tú la mamá de Rodi.

Tu hijo y yo jugábamos en el barrio hace por lo menos 25 años. Nos pasábamos el día en la calle. Recuerdo que por entonces te habías divorciado del papá de Rodi, en un gesto que me provocaba mucha extrañeza, pues casi nadie consideraba el divorcio por aquel entonces como una opción. Mientras los demás chavales del barrio podían presentar un juguete o unas zapatillas a la última como un símbolo de distinción que les ayudara a ser valorados y distinguidos en el grupo, Rodi blandía el divorcio de sus padres.

Recuerdo bien que muchas veces ibas al parque, al mismo parque donde nos encontramos ahora, a vigilar de lejos y discretamente a Rodi, porque él era el menor de la pandilla y tenías miedo de que fuera mal influenciado por los mayores. 

Durante este tiempo, aunque intermitentemente por mis idas y venidas, he ido observando tu decadencia, que es paralela a la decadencia de gran parte de los habitantes del barrio que tienen la edad de mis padres. Recuerdo a los tuyos, que vivieron con vosotros, que tanto cuidasteis y que supongo fallecidos porque no los volví a ver.

El otro día me di cuenta de que para reconstruir mi propia historia tenía que reconstruir la del barrio, lo que te incluye necesariamente a ti, por eso, entre otras cosas, te escribo esta carta.

Me di cuenta de que no hay una relación tan extraña como la que se tiene con la gente de tu barrio, porque los conoces e incluso los quieres, aunque realmente puede que poco o nada sepas de su vida y puede que nunca hayas hablado con algunos, pero sabes que están ahí, y que de alguna manera te contienen y tú los contienes a ellos. Cuando sucede algo realmente malo o desaparecen, te enteras de lo que ha sucedido, y lloras y todo.

Yo siempre pienso en esta realidad cuando se presenta el anonimato como una virtud de la vida en las grandes ciudades, donde da esa sensación de que nadie conoce a nadie porque a nadie le importa nadie y porque se quiere que a nadie le importe la vida de uno.

También te escribo esto porque no sé si eres feliz. No he vuelto a ver a Rodi. Mis tías me dijeron que creían que había sido abducido por una de las ramas de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, ese lugar que tan bien conjugaba en aquel entonces la mediocridad intelectual y el reconocimiento social, para mi asombro. A veces subo a su casa, desde donde se ve tu ventana, y observo que ves la tele hasta las tantas, con la luz del salón apagada, y te presupongo dormida en el sofá.

Te escribo porque me gustaría meter al perro en danza.

Realmente te escribo porque tengo miedo de que se mueran y se vayan todos en mi familia y en mi barrio y quedarme como tú, con esos anoraks de mangas anchas y peluche en el gorrito y tu mirada triste y (ca)bizca/baja. Tengo miedo de que un día me haga mayor y como tú, no recuerdes que quien yo realmente soy es Rober, que no soy otro que el que fui, que aunque tengo problemas para diseccionar los matices entre inmovilidad y lealtad sigo siendo yo, el amigo de Rodi, el guitarra principal de ese grupo imaginario que cantaba canciones imaginarias, el que tiraba petardos de 15 en navidad y bombas fétidas en el burger king, el que llamaba a los timbres y a los pensionistas de los anuncios por palabras desde la casa de algún otro para vacilar, con el que compraba tu hijo los tronquitos de fresa en el quiosco de Loli y con el que tanto tiempo pasé preparando bombas de agua fuerte en el mismo parque en el que ahora nos encontrábamos. Te escribo porque tengo miedo de dejarte de ver un día y me digan que te has muerto, que una noche te dormiste en medio de la penumbra del salón, con la tele puesta, y que no te despertaste jamás. Y aunque yo piense que realmente te has ido a vivir con el padre de Rodi, ese hombre alto, guapo y de barba que venía de vez en cuando a ver al niño, te han metido en una caja debajo tierra y no te voy a volver a ver en la superficie. 

Te escribo porque tengo que decirte esto, necesito decírtelo; pero en verdad de la buena te escribo porque en el fondo soy un absoluto cobarde, y sé que esta carta no la vas a leer nunca.

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