martes, 12 de julio de 2016

CARTA A TU YO.

“Me gusta ir los domingos a la zona de la Universidad,
porque hay gente nostálgica paseando por el Campus”
LLo.

Hola,

te mando esta carta porque esta tarde estaba dando un paseo por el río y te he visto hace veinticinco años. No te lo he dicho para que no te asustaras, por eso te escribo esta carta. Entre otras cosas tú no me ibas a conocer porque yo no había nacido, y te ibas a pensar que soy un loco de la pradera.

Ya la tarde había comenzado muy rara. Para empezar era domingo pero realmente era miércoles. Los que trabajamos haciendo guardias tenemos estas cosas de confundir los diarios con los festivos, y nos da igual un día que otro y ocho que ochenta y la mala costumbre de no diferenciar bien, lo que está de puta madre cuando realmente es miércoles pero es terrible los domingos, ya que no nos hacen ilusión las cosas bonitas que proporciona la cadencia de la semana y parecemos marxistas, que no somos capaces de disfrutar de algo como un jersey nuevo o tu cumpleaños.

Por otro lado era un día de septiembre en pleno julio, y en medio del nublado la gente de las casetas del río se había puesto a cubierto en casa, y por eso daba también la sensación de ser un día festivo siendo realmente un día de diario.

El caso es que te vi allí sentada en un banco, con un bloc de ésos míticos de Senator y las ceras Manley, dibujando justamente una de tus láminas preferidas del atardecer, que veinticinco años más tarde seguirías conservando y colocarías en tu habitación justo al lado del retrato que me hiciste cuando nos conocimos. Yo también hago retratos, pero en vez de con trazos con palabras.

No dudé ni un segundo que fueras tú, estabas inconfundible con tu piel oscura, los dientes grandes. La sonrisa, el escote. Es cierto que te brillaban un poco más los ojos, el tiempo y los años que vinieron fueron apagando tus ilusiones. Unas patas de gallo.

El caso es que en ese momento me sentí muy afortunado de estar en los 30s. Los 30s pueden relacionarse con la misma destreza con los 20s que con los 40s y estar a caballo y en el justo medio entre la que fuiste y la eras, y eso me daba una posición privilegiada que no estaba dispuesto a desperdiciar. De hecho, una de mis mayores jugadas era establecer un diálogo continuo con la que eres y la que fuiste y ayudarte a resolver la tensión entre ambas, porque esa disyuntiva te traía por la calle de la amargura.

Enseguida me di cuenta de que las reglas que utilizaba para acercarme a la tú de ahora no me valían para abordar a la de antes. Así que no hacía más que pedirte que me hablaras de cómo eras cuando eras joven para con ese conocimiento intentar abordar e incluso conquistar a la tú de ahora. Lo que no podía imaginar bien es si tú eso te lo ibas a tomar como una infidelidad o como justamente lo contrario, una lealtad profunda.

Andando el tiempo, utilicé con ventaja los datos que conocía de ti madura para hablar contigo de joven y me salió muy bien, porque finalmente concluí que en el fondo tampoco habías cambiado tanto. Aquello fue como haberme dopado relacionalmente.

Tengo que confesarte que unos días después de verte por vez primera en el río iba paseando con tu yo madura y vi a tu yo joven a lo lejos. Conseguí disimuladamente que nos desviáramos del camino porque no quería provocar que os encontrarais. Pudiera ser que me confundiera pero sospechaba que a tu yo joven no le iba a gustar un pelo la persona en la que te habías convertido con el paso del tiempo, y vislumbraba que se iba a liar la de San Quintín. Ibas a comenzar con los reproches y no sabía si yo podía defenderte un poco o ir amortiguando los golpes, porque yo era un chavalín cuando sucedió todo. A veces pensaba que lo único que os unía tras el paso de los años es que os seguía gustando ir a pasear por el río. A mí también me gustaba mucho el río, pero el de Janeiro.

En el fondo todo eso era una falacia, porque por muy imperceptible que sea siempre algo queda del joven que fuimos en el maduro que somos. Eso se nota mucho cuando te reencuentras con alguien de la adolescencia al que no ves en una pila de años, que por mucho que hayas cambiado te sigue reconociendo como el que fuiste, en todos los sentidos. 

Tenía miedo del cisma porque al igual que tu yo joven iba a pedirle cuentas a tu maduro por la persona en la que se había convertido, tu yo maduro iba a reprocharle a tu yo joven las cosas que había hecho en la juventud que habían provocado que finalmente tú te hubieras convertido en quien hoy eras.

Luego hubo un momento en el que tu yo joven, después de una fase alocada, comenzó a integrar rasgos de extrema madurez en tu personalidad. De la misma manera tras una fase de madurez aburrida, calmada y previsible tu persona comenzó a integrar rasgos de adolescente desmelenada. Aquella hibridación confieso que me dificultó de sobremanera la comprensión de ti.

Pasó el tiempo y aquella relación turbulenta a 3 fue suavizándose. Creo que el haberme conocido y el que yo estuviera trabajando para decodificarte te hizo bien. Nadie nunca había intentado decodificarte porque nadie nunca tuvo el más mínimo interés en ver qué había dentro de tu alma.

El cardiólogo toma unos datos que es capaz de captar y de interpretar de alguna manera para construir un sentido, pero solamente el cirujano cardiovascular te abre el pecho de par en par y es capaz de conectar los cables de la bomba en sentido apropiado.

Trabajé duramente para limar las excrecencias que provocaban que la silueta de tu llo joven no encajara en el molde de la madura. Un día me dijiste que estabas en paz y que yo te la había dado, y creo que en eso consistió justamente mi labor.

Un día, cuando paseaba solo por el río, me di cuenta de que tu yo joven ya no había vuelto por allí. Se debió ir con la pintura a otra parte. También me di cuenta de que yo no la había echado de menos en todo ese tiempo y pensé que eso era imposible.

Una noche que dormías profundamente, te estuve mirando con atención y pude observar que la razón por la que no había vuelto a ver a tu llo joven en el río era porque estaba viviendo dentro de tu llo madura. La joven nunca dormía porque decía que dormir era de cobardes. La madura dormía bastante pero yo no sabía si era por el sueño acumulado de la juventud o porque no fuera valiente y a veces se le viniera el mundo encima.

Creo que desde que me has conocido estás más mucho joven en todos los sentidos, y pienso que es porque he contribuido de alguna manera a que se fundan a la perfección tus dos yos, y que convivan y se acoplen en paz.

Por las noches, cuando estás tan cansada que no puedes más, a veces me quedo hablando antes de dormirme con tu yo joven. Me pasa el canuto, me da un beso y se olvida de mí, saca el whisky cheli, me dice cosas que no tiene razón, me cuenta sueños imposibles y me transfunde un poco de intensidad.


Yo llega un punto que me voy quedando frito, en el fondo ya tengo treinta y pico, y cuando apoyo la cabeza sobre el pecho de tu yo madura para quedarme finalmente dormido, veo que tu yo joven saca las acuarelas y se pone a dibujar. 

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