miércoles, 20 de julio de 2016

BARES DE BARRIO OBRERO EN VERANO.

Una vez escribí para una revista una pequeña historia que titulé “Golden Gate”. Recuerdo que hablaba de una paciente que vi siendo estudiante en una consulta, de clase baja, obesa, con gafas de culo de vaso, sin dientes y con infinitos, complejos y pegajosos problemas, que llevaba puesta una camiseta con el puente “Golden Gate” de San Francisco. La idea fuerza y central era que aquella señora jamás iba a ver en su vida el Golden Gate, y aquello provocaba una (dis)torsión que me removía por dentro, y que intentaba aliviar a lo largo del relato, con mayor o menor fortuna.

Aquel proyecto de revista se frustró como tantos otros, y aquella historia se diluyó en el ambiente y en mi cabeza, como tantas otras.

Una vez un amigo me dijo en Río de Janeiro: GGobeggto, todo siempre vuelve; y cuando pensé en escribir los bares de barrio en verano me di cuenta de que mi amigo brasileño llevaba razón y que aquella historia del Golden Gate no tenía otra misión que venir a traer hoy ésta, y que todo casaba de alguna manera y que aquel puente donde me llevaba era a hoy mismo.

Donde entronca el Golden Gate con los bares de barrio es que me siempre me han parecido muy locos esos bares que en una calle de un barrio obrero, periférico, y que encajonados sobre el asfalto reciben el nombre de Bar Caribe, o Bar Nueva Zelanda o Bar La Costa del Sol. No solamente se trata del nombre, sino que en su interior algunos cuadros o artículos de decoración intentan reconstruir la atmósfera del lugar en cuestión, con un éxito nulo, ya que ni el dueño tiene que ver algo con aquellos lugares ni los clientes. No solamente es eso, si no que  los clientes no es que no tengan ninguna intención de visitar esos sitios, sino que pareciera que cada minuto pasado en el bar o cada caña o vino bebidos allí les alejara un poco más de esos lugares. Un día entraron por la puerta con la posibilidad de viajar pero después de unos años pasados contra la barra ya no son capaces de ir ni a la provincia contigua.

De alguna manera, quizá, piensen que aquel ecosistema impostado y aquella atmósfera irreal viniera en cierto sentido a remedar las aspiraciones, las ansias y los sueños de salir de su barrio para conocer, y así, conquistar el mundo.

Visto así, no es muy diferente de aquellos que viven una vida impostada, en una familia que no han elegido y que simplemente han tolerado, o con una pareja que tiene hijos previos  y que uno los considera en una especie de imaginario irreal hijos propios, o en un trabajo en el que uno va a disimular una profesión, o en una relación en el que uno debe disimular interés por algunas cosas en pos de atraer a la otra persona o en tantas otras fábulas y mentiras en este decorado de cartón piedra que es la vida.

Otras veces y otros clientes bajan al bar y jamás se paran a mirar el ambiente que les rodea, como el pez que sólo se da cuenta del agua cuando sale de ella y como esos madrileños que nunca han bajado a la puerta del Sol o como esos, me contaban, habitantes de los barrios del Alto de Bariloche que nunca habían ido a la ciudad, a 10 minutos en coche, y que yo no podía creer.

Sentados en la terraza o en las ventanas que dan al asfalto pienso que permanecen de alguna manera en primera línea de playa, a pie de pista, donde todo lo más mágico sucede, como pasa en los barrios periféricos de las ciudades, donde nada sucede pero a la vez todo sucede. Donde hay desgarro hay vida, y hay amor.

Al igual que sólo hay un cosa peor que tener una identidad…y es no tener ninguna….

Al igual que lo importante no es que exista una clase baja… sino que tenga una identidad de clase…

Sólo hay una cosa peor que no haya barrios obreros en la ciudad…. Y es que no haya bares de barrio obreros…

No hay nada más cruel en la era postindustrial que la disolución de clase obrera y sus barrios entre la clase media y sus barrios… un espejismo finalmente… ya que siguen conservando su condición humilde pero entremezclados entre la muchedumbre y sin capacidad urbanística de articularse políticamente.

Y esto es una calamidad porque los bares de barrio obrero tienen algo muy potente y muy simbólico que no puede perderse, y que es la tortilla de patata de barrio obrero.

El sabor de esa tortilla condensa dentro todas las luchas y toda la resistencia de clase, por ese motivo jamás sabe tan rica una tortilla en un bar pijo del centro como una tortilla periférica. Y quizá porque la hacen con lo que le sale de los huevos y puede que efectivamente le pongan eso en vez de huevina.

Ese huevo, en efecto, es el cemento que une a todas las unidades-familia-patata y que viene a ser una especie de sindicato o de parroquia obrera que envuelve y organiza la acción de lucha. Ese huevo es una pasta o un hilo interno que es capaz de agregar todos los intereses de clase y presentarlos ante la mesa sectorial o la negociación colectiva como un todo compacto.

Sí… esos bares… prolongación del salón de la casa, donde lo peor y lo mejor del ser humano se concita, esos lugares donde los solitarios se sienten menos solos, donde se toma lo de siempre, donde se anuncian las muertes y las enfermedades, donde se arregla el país, donde se dicen simplezas y se vierten opiniones que no tienen ni pies ni cabeza, donde nacen los revolucionarios como en el bar de Los lunes al sol, donde pasan las vacaciones los que no tienen para irse a ningún lugar, esos bares que son tan típicamente españoles y que no es fácil encontrar ni reproducir su atmósfera fácilmente en otros países. Esos bares tan lamentablemente plagados de hombres.

Un día haciendo unos domicilios en un barrio obrero de Salamanca me topé con un bar muy escondido que se llamaba Bar Copacabana. Me hice el perdido en el barrio y entré a husmear en el bar con la excusa de preguntar dónde quedaba la dirección a la que iba.

Efectivamente el bar tenía un mural con una perfecta reproducción de la Avenida Atlántica de Copa. Aquello me dejó flipado, y el día siguiente, que no tenía que trabajar, decidí abrir la bolsa.

Como lo había pasado tan bien en Copacabana no había querido abrir por superstición una bolsa en la que había metido unas zapatillas que había comprado por veinte euros para destrozar en Río. Me dije a mí mismo que solamente volvería a abrir aquella bolsa la próxima vez que viajara a Brasil. Pensé que lo más probable es que tardara mucho en volver allá, si es que volvía alguna vez, así que la ocasión para abrir la bolsa era ahora, para ir al bar.

A las zapatillas, como era de esperar, se las estaban comiendo los hongos, pero con lo que quedaba pude desplazarme desde mi casa hasta el bar, cruzando toda la ciudad.

Al entrar en el bar se produjo algo especial, como una sinergia, y sentí un calor muy fuerte en los pies, como cuando pisaba descalzo la arena ardiente de la playa de Copacabana. El camarero jamás había salido de la provincia de Salamanca, pero alguien le habría contado, y hacía un cóctel delicioso que llamaba Atlántico y que entraba solo. La verdad es que aquella tarde lo pasé de puta madre, no lo pasaba tan bien desde aquellos días de Río. Me tomaba un Atlántico con un pincho de tortilla obrera y la barba del camarero me recordaba así a Lula da Silva. De hecho desde ese día comencé a llamarlo así.

Me dio el punto y comencé a aceptar sustituciones de verano en aquel Centro de Salud de ese barrio obrero. Al terminar la consulta me iba directamente al Copacabana y ya conocía a muchos de los parroquianos del cupo y ellos me conocían a mí. A Lula le caía muy bien porque le llevaba al bar las recetas de zolpidem de la mujer y las de la litrona (higrotona) de él. Yo le conté que había estado en Río, en Copacabana, y el tío se entusiasmó todo porque decía que yo era la primera persona que conocía que había estado, y comenzó a darme atribuciones, como poner en una pizarra la temperatura de Copa, la intensidad del viento y unos datos meteorológicos más… y comenzamos a montar una lista de reproducción de una música brasileña que atormentaba a los clientes pero que Lula aprobaba: que se vayan todos a tomar por culo de una vez, decía…. Jajja yo flipaba… Me hice con unos DVDs de los desfiles del sambódromo y los pasábamos de continuo por la televisión.

Se montaban unos guirigáis de impresión allí todas las tardes. Yo entraba en el bar a las tres y a veces cuando quería salir de allí era ya de noche, y tenía que tomar un taxi para volver a casa porque no me tenía en pie, como cuando estaba en Copacabana.

Sin darme cuenta, me había convertido en un cliente fijo de bar de barrio obrero. Seguía siendo médico pero de alguna manera sentía que dilapidaba mi vida… Unas vacaciones pude irme fuera… realmente podría haber vuelto a Río… y sin embargo decidí quedarme a las fiestas del barrio… me compré unas nuevas zapatillas de veinte euros para destrozar y sentía que mi vida había vuelto a comenzar así de alguna manera, con esta nueva etapa de deconstrucción.


A pesar de todo sigo escribiendo. Hace ya bastantes años escribí aquella historia del Golden Gate. Hoy el Golden Gate me queda demasiado lejos, Copacabana me queda demasiado lejos y la persona en la que me iba a convertir quizá también, pero por un momento nos reencontramos todos en esta historia y en este bar, que hace las veces de Copacabana en el barrio de Pizarrales de Salamanca. Esta historia aquí la termino, en una moleskine que me regaló un amigo cuando fui a Río y que todavía no he llenado porque no era capaz de escribir sobre todo esto, y por fin lo consigo. En una mesa de una terraza plateada, en primera línea de asfalto del verano, donde pasa la vida igual que las mulatas, donde pasan los barrigas obreras de comer pan y tortilla igual que los hombres musculados de la academía, donde miras al horizonte y puedes ver el otro lado del océano Atlántico a través de los tejados de la ciudad.

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