lunes, 7 de marzo de 2016

PISOS DE ALQUILER

Me agarré una peda a calimocho como hacía tiempo.

Siempre he dicho que no hay como el subidón del mocho, y que no hay como su resaca.

Conocí a una chica esa noche y no dijo “vai embora”, con lo que finalmente terminamos en su casa.

Yo vivo en una ciudad con una universidad muy antigua y prestigiosa, en la que cursan sus estudios un montón de estudiantes, que dinamizan la vida y la economía de esta patética ciudad.

Por aquel entonces no era extraño que las familias de clase media arraigadas en la ciudad poseyeran varias viviendas, bien porque las compraron con la idea de vivir en ellas o de invertir, bien porque las hubieron heredado… y era frecuente que no se deshicieran de las mismas con la idea de alquilárselas a los estudiantes y así poder completar la economía familiar.

Aunque iba muy borracho, pude darme perfecta cuenta de que aquella chica estaba llevándome al piso que mis padres alquilaban.

No dije nada y aguardé tranquilo.

Metió la llave en la cerradura y me dijo que guardara silencio, pues compartía el piso con otras compañeras.

Yo había vivido en esa casa hasta los 9 años, con lo que tenía recuerdos bastante vívidos.

Como me estaba figurando, porque cuando las cosas comienzan a coincidir lo hacen en toda su completud, ella ocupaba la habitación en la que yo justamente pasé mis primeros años de vida.

Aquella noche dormí participando de un flashback muy loco.

Cuando en la mañana nos despertamos tenía una resaca que me quería morir, y después del acto matutino que corresponde a esos encuentros dije que iba al baño. La tía no se enteraba de mucho, pues no me dijo dónde estaba y no se extrañó de que yo supiera ir sin ayuda.

24 años después me volvía a sentar en aquella taza del wáter, mirando a los mismos azulejos, en aquel espacio que seguía siendo minúsculo.

Me acuerdo que cuando era muy pequeño, para animarme a usar de manera independiente el wc, mi abuela me regalaba un muñequito de Don Pimpón cada vez que defecaba sin la ayuda de un adulto. Ahora me veía allí de nuevo y pensé fuerte en Don Pimpón mientras empujaba antes de alumbrar aquel producto negro tan típico del día que sigue a la ingesta del calimocho.

Después me dirigí a la cocina y me puse un vaso de cerveza, que he descubierto que es lo mejor para superar la resaca, porque te mantiene un poco pedo y encubre muy bien los síntomas indeseables de la abstinencia y de la postsobreingesta.

Aunque aquella chica no me gustaba mucho y creo que yo a ella tampoco, insistí para poder continuar con esa historia, porque quería comprobar hasta qué punto la vida es capaz de llevarte.

Me gustaba sentarme en el mismo lugar del sofá. Desde aquel ángulo podía divisar el balcón de mi amigo Agus, que me hacía una señal con la mano para bajar a la calle. Ángela me veía ahí ensimismado y siempre me preguntaba que por qué me quedaba mirando como alelao al balcón de enfrente… y yo le respondía que era el jachís de Salamanca, que era muy malo y cabezón… y que me dejaba tonto.

Una vez trajeron marihuana y tuve un mal viaje… Abrí la puerta de una de sus compañeras, que era la habitación de mis padres, y ahí les vi a los dos… mi padre con el bigote negro y recortadito… y mi madre con el pelo rizado, tan joven y guapa…los dos tumbados en la cama y abrazados, tan jóvenes y sanos, mucho antes de iniciar la decadencia propia de la tercera edad…. En realidad eran su compañera y su novio… que se enfadaron mucho por mi injerencia…

Así pasaban los días… me encantaba ver a los vecinos en la escalera, ya ancianos, que yo había conocido jóvenes y en todo su esplendor y que eran tan difícilmente reconocibles para mí como yo para ellos. Compraba el pan en el mismo ultramarinos de la esquina y tronquitos de fresa con picapica en el mismo kiosco. Volví por fin al barrio, de donde nunca hube de salir. En realidad había ido muy lejos pero nunca salí de allí.

Salir con Ángela era una manera de mantenerme fiel a los orígenes.

Un día mi padre me dijo que los inquilinos le habían dicho que se iban del piso, que fuera poniendo papeles para intentar alquilarlo; pero a mí Ángela no me había dicho nada.

El día 30 habíamos quedado para cenar pero no quiso que subiera a casa, porque me dijo que tenía un dolor muy fuerte de ovarios y que prefería que yo me fuera a mi casa a pasar la noche. Nos besamos largamente en el portal, a iniciativa mía, porque sabía que era la última vez, aunque ella no sabía que yo sabía. Si hubiera sido hace unos años me hubiera roto el corazón, pero desde que fui a Río de Janeiro he aprendido a vivir el momento y ya. La besé como tantas veces soñaba con besar cuando yo tenía 9 años y veía a las parejas besarse en mi portal. El 1 ninguno de los dos se puso en contacto con el otro y el 2 no contestó a mis llamadas.

Le pedí a mi padre la correspondencia que le iba llegando después de marchar. A todo inquilino que abandona una vivienda le van llegando cartas durante un tiempo, como una manera de estertores epistolares. La muerte del arrendatario y del morador de una dirección fiscal acontece cuando le dejan de llegar cartas a su casa, y eso puede que sea muchos años después de la muerte física. Iberdrola puede que te deje sin blanca o sin luz en vida, pero es un prolongador de vidas postales muy eficaz.

Abrir las cartas que le llegaban era una manera de cordón umbilical. Estaba mal abrir el correo ajeno, pero peor estaba abrir el corazón ajeno, intervenir quirúrgicamente y luego irse sin cerrar, dejando al paciente con el pericardio y las aurículas al aire.

Un día recibí una carta que abrí y leí. Un sudor frío me recorrió y caí redondo de la impresión. Era una carta que llevaba mi nombre en el remite y que juro por dios que yo no había escrito ni mandado. Dentro llevaba esta historia.


Roberto Sánchez.

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