jueves, 3 de marzo de 2016

LAS BRAGAS PERFUMADAS

Me regaló unas bragas como una manera de prometerme amor eterno.

Antes de entregármelas las roció con sendas densas vaporizaciones de perfume embriagador.

Yo no había visto apretar así un pulverizador desde cuando era médico y atizaba trinisprays empíricamente a diestro y a siniestro en medio de la meseta castellana.

Pero algo pasó dentro de su cabeza y no quiso a volver a verme nunca más. Qué carajo fue no lo sé.

Como sabía que uno de los mayores errores que podía cometer era suplicarle una nueva cita o que volviera conmigo, le supliqué que me dijera de qué perfume se trataba para recordarla así para siempre.

Tampoco satisfizo este requerimiento.

Así que un día me presenté en la perfumería y le dije a la dependienta que tenía un problema porque había olido un perfume pero no sabía cuál era.

Pensé en esas situaciones medio ridículas cuando no te sale una canción y se la cantas a alguien o a una aplicación para ver si ésta se te revela de alguna manera.

La dependienta en un gesto de buena voluntad y de claro compromiso con mi desamor me fue ofreciendo a oler una gran batería de perfumes, pero no dábamos con él.

Claramente, sólo quedaba una opción.

Yo tenía mucho miedo porque entre tantas idas y venidas las bragas estaban perdiendo el olor, y si no encontraba pronto el perfume perdería lo último que de ella me quedaba.

No sabía si había en el mercado restauradores de bragas perfumadas al igual que había restauradores de cuadros o de capillas o de grabados antiguos. O restauradores de amor.

Yo ya no sabía si seguir oliéndolas cada día, porque no conocía si la fragancia que aspiraba la pituitaria se iba sustrayendo del tejido.

Había una parte minúscula y preciosa, que era una pequeña pieza romboidal, que se proponía para alojar el justo y diminuto sexo, y que guardaba, qué casualidad, la mayor parte del aroma. Tampoco era extraño, porque el tejido restante estaba constituido por lo que se conoce como “puntilla”, y el perfume, suponía yo, se dispersaba en la discontinuidad. Sin embargo aquel rombo textil era un continuo donde la fragancia podía campar a sus anchas como lo hacía la Cándida Albicans en un ph adecuado.

Le ofrecí a la dependienta la pieza dentro de un calcetín de verano, que supuse resguardaba mucho mejor el aroma y el recuerdo que una impersonal e infinita bolsa de plástico del Pryca.

Se metió en un cuarto y yo pensé que de la misma manera que no te ofrecen un diamante y te pones a medirle los quilates a plena luz del día, no sacas esa pieza y te pones a olisquearla a la vista de todo el mundo.

En un gesto íntimo me cerró la puerta en las narices y no pude observar el glorioso momento de aquella tercera persona interpuesta en aquella historia de amor (y ropa) interior.

Me dijo que aquel perfume estaba descatalogado, como los libros. Yo la creí a medias, porque probablemente el perfume era transoceánico, y es como si le pones a un reputado botánico europeo una planta autóctona del Brasil, que no tiene ni puta idea.

Aquello me desarmó completamente. Significaba el definitivo revés a la última de todas las cartas que tenía bajo la manga. La partida había terminado.

Aunque en el amor pasa como en política. Gramsci dijo en su teoría sobre la lucha por la hegemonía que la partida siempre está abierta, que nunca termina. Que el adversario siempre puede y debe contraatacar. Esperar, en definitiva, no era sino otra forma de contraatacar.

Me volví a la casa y fui testigo de la lenta defunción del olor braguil; tranquila, progresiva y sin grandes sobresaltos, tal y como va matando cualquier cáncer.

En realidad me vino muy bien la extinción del olor, pues percibí que paralela a ella mi sufrimiento y mi recuerdo se esfumaban. El caso es que no era capaz de identificar cuál era la causa y cuál el efecto. Pero qué más daba.

Después de mucho tiempo sin pensar en ella, un día vi a una chica igual por detrás, y cuando la encaré me di cuenta de que no era. Aquello revolvió todos los sentimientos que hi(n)b(i)ernaban dentro de mí, y lo primero que hice fue correr a refugiarme, como un niño inmaduro que se agarra a su peluche, en las bragas.

Me quedé de piedra cuando pude dar cuenta de que desprendían de nuevo el mismo intenso aroma.

A partir de entonces, cada vez que pensaba en ella iba a las bragas, y me deleitaba con el perfume. Un día estaba ordenando la habitación y me las llevé a la napia como un gesto más doméstico y rutinario que otra cosa, sin haber pensado previamente y de manera romántica en ella… y observé que no olían a nada.

Quedé flipado con aquel fenómeno de naturaleza química, pero pensé que igual que en mi cerebro se desencadenaba el recuerdo de ella espontáneamente debido a vete tú a saber qué reacción enzimática, por qué no debía suceder así en el caso de las bragas.

Comencé a comprobar que el perfume de las bragas se estaba convirtiendo en el trasudado de mi sustancia blanca, no sólo por este fenómeno sino porque lo utilizaba al mismo tiempo como un fetiche que construía mis fantasías eróticas, con lo que en aquella pieza de alta lencería convivían el estado gaseoso del perfume con el estado líquido de otra cosa.

De esta manera, me di cuenta de que con mi cerebro era capaz de regular la existencia y la intensidad del olor, que no era otra cosa que un trasunto de mi recuerdo y creo que también de mi amor.


Un día en una aglomeración invadí el espacio vital de una chica que pasaba por la calle, y pude identificar el perfume con un intervalo de confianza del 95%. La seguí, aunque no sabía si la seguía a ella o al perfume.

El escenario que se abrió a partir de ahí fue muy complicado. Yo debía procurar un acercamiento a ella aunque no sabía bien con qué objetivo ni con qué metodología. Yo ya había aprendido eso de que “no hay manera más segura de perder algo que necesitarlo”.

Yo lo que quería era que me dijera el nombre de su perfume, pero comprendí que quizá preguntarle eso de sopetón la iba a asustar, así que realicé una maniobra de aproximación con no sé qué excusa pere-grima. Al final una cosa llevó a la otra y nos conocimos un poco. El primer día que quedamos la llevé a una discoteca para tener que hablar muy próximos en medio de la oscuridad y la estruendosa música, y así poder olisquearla sin problemas. Aquella noche se había echado una dosis de carga, y pude disfrutar doblemente del aroma.

Percibí que se abría una ventana de oportunidad y le tiré la boca, con resultado efectivamente exitoso. Lo hice básicamente para poder darle con posterioridad ese beso de lamerle el cuello y el escote y rebañar toda la colonia con la lengua, que se me puso súper amarga. Yo creo que esa noche me hace soplar la Guardia Civil y doy positivo.

Andando el tiempo nos hicimos medio novios. El día que cumplimos un mes le regalé las bragas, que metí una cajita muy mona con corazones para hacerlas pasar por nuevas. También mi enamoramiento lo hacía pasar por nuevo, cuando ya me tenía todos pasos más vistos que el tebeo.

Haciéndole entrega de las bragas entendí cómo el amor ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Le hice entender lo que me gustaban y me ponían esas braguitas para inducirla a que se las pusiera a menudo.

Se las solía casi arrancar de cuajo en medio de la pasión y acostumbraba a acercar mi nariz a la pieza textil.

Un día sucedió que aunque estábamos en ese momento tan íntimo, y con ellas en la mano, pensé en la dueña originaria de las bragas, y de pronto comencé a sentir un fuerte e injustificable olor a perfume proveniente de las mismas.

Desde aquel día, volví a experimentar aquel fenómeno en el que no sabía si el olor provocaba el recuerdo o viceversa.

Entendí entonces que los viejos amores siempre vuelven. Siempre. Solamente hay que saber esperar.

Creo que de alguna manera se percató, y desde entonces no dejaba que oliera las bragas así en seco, con ellas en la mano, con la excusa de que le daba vergüenza y de que invadía su intimidad.

Sólo me dejaba proceder con ellas puestas en el momento de máxima excitación, con lo que aunque solía provocar el olor del perfume con el recuerdo, aquello se mezclaba con el olor de las secreciones de ella y hábil-MENTE lograba que en mi cabeza cobraran peso aquellas dos mujeres por igual.

Por cierto, el perfume se llamaba Pitanga. No Pi-tanga, porque ya digo que se trataba de unas bragas. 

Pitanga.


Roberto Sánchez

No hay comentarios:

Publicar un comentario