martes, 1 de marzo de 2016

LANCHONETES

Llegan, se apoyan en la barra y piden. Un zumo, un pequeño bocadillo, un agua de coco. Comen en silencio, de pie. No se sabe si lo tenían decidido o fue de repente. Comparten su soledad. Es una soledad alegre, no es la soledad japonesa afterwork que sorbe los fideos como quien sabe que se destroza la vida porque la pierde, a cada bocado y cada día.

En esos sitios la soledad se disimula y se integra en el ecosistema mucho más que en una mesa.

No hay lugar para las situaciones extremas y trágicas de los bares españoles, porque no se suele tomar alcohol ahí.

En Río de Janeiro son posibles esos sitios a pie de calle, porque el clima lo permite. La características geográficas y climatológicas moldeando el comportamiento, la cultura y las relaciones entre las personas. No hay probablemente nada más interesante en la vida. Es España se hace vida, se tienen sentimientos y se pone una decoración de interiores.

Los camareros atienden dili-GENTES y se saben todo de memoria. Es como cuando te sorprendes de que alguien te conozca tan bien en tan poco tiempo. Te sorprendes de que se sepan tan bien lo que has tomado con la poca atención que te han prestado.

Todo el mundo suda con arrepenti-MIENTO y algunos soportan la resaca con disimulo.

Yo me pongo en una esquina y veo como todo sucede en un cruce de dos calles, como una perfecta representación a escala de la vida y de la sociedad. Pido un suco, mi idolatrada coxinha y luego un café con leche, porque está caliente de cojones y a 38 grados tarda la de dios en poder tomarse, con lo que tengo la excusa para permanecer ahí un buen rato, mientras todos vienen y van.

Gente que viene y va, como sucede en los hostel... y como son las relaciones aquí entre las personas y que tanto me ha costado aprender, pero ya está.

Gente que viene y va, como en la vida... que contradice ese ridículo e irreal ‪#‎paratodalavida‬ europeo.


Fuente: google imágenes

Roberto Sánchez
Río de Janeiro, febrero de 2016. 

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