martes, 1 de marzo de 2016

LADRONES DE PALABRAS

En Río de Janeiro no conviene sacar fotos porque es fácil que te roben la cámara mientras lo haces.

Así que hay que ir sacando todas las imágenes con la retina y guardándolas en el cerebro, o juntando todas las palabras como si fueran píxeles. Una palabra en mano vale más que cientos de imágenes volando.

Así lo hice con los "Besos de carnaval", que escribí anteriormente en este muro de las lame(n)taciones.

Sucedió que estaba quieto, fotografiando la escena, y un tipo se me acercó y me dijo que buenos días y que venía a robarme, pero que como estaba sacando una fotografía de palabras que le diera unas cuantas.

Yo evidentemente no me resistí, así que saqué la cartera del bolsillo y se las ofrecí para que cogiera las que quisiera.

Él se agobió con tanto léxico y arrancó a sudar. No sabía si podría ser capaz de encontrar un verbo transitivo entre tanta conjunción junta, así que fue tomando (pre)posiciones.

Se comenzó a poner nervioso y me exigió que eligiera para él alguna de las palabras que resultaban esenciales para la comprensión del Beso de Carnaval.

Yo no era gilipollas y no le iba a dar así como así las keywords. Es como cuando puedes evitar dar al ladrón lo que llevas en el bolsillo secreto. Una de las cosas que distinguen y dan peso específico a esta ciudad, de hecho, es lo bonito que resulta jugar a descubrir los bolsillos secretos del corazón de las personas.

Aquí te dan unas palabras a probar, como la droga, y cuando te das cuenta te han robado el corazón.

Así que abrí la cartera y desplegué todo el vocabulario encima, que era mi única arma en la vida, al contrario que su caso. Hubo que tener cuidado porque algunas palabras se las llevó el viento.

El ladrón enseguida se dio cuenta de que encima las palabras eran españolas, así que le hacían el mismo apaño que cuando afanaba un teléfono español en la ciudad, que no le valía para nada.

Se puso medio a llorar y me dio hasta pena. Le dí finalmente unas cuantas buenas: amor, nostalgia, pasión y sangría.

Se apropió de ellas y las utilizó para conquistar a una chica española que era lingüista, por lo que creo que besaba bastante bom.

Lo vi un día cabizbajo por Avenida Atlántica, al posto 6. Le pregunté que qué le pasaba y me dijo que un amor en España viviendo en Río es como el teléfono que robas y que te hace ilusión en el momento pero que luego no te vale para nada, salvo que lo liberes de la compañía originaria.

Roberto Sánchez
Río de Janeiro, febrero de 2016

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