miércoles, 23 de marzo de 2016

EL ÁLBUM DE FOTOS DE LA BODA Y DEL VIAJE DE NOVIOS

No hay una cosa que me guste más que despertar en una habitación de una persona que no conozco y mientras se ducha intentar llegar al fondo de su alma a través de los títulos y los lomos de los libros que hay en su estantería. Me gustan esos lomos y los ibéricos de Salamanca también. También me gustan las Lomas de Zamora; las de la capital castellanoleonesa y las de la provincia de Buenos Aires.

Yo por ejemplo, tengo una personalidad de revolucionario construida en mi estantería, porque tengo el de “¿Qué hacer?” y el de “Hegemony and Socialist Strategy” y tal, que nunca me he leído y no creo que pueda leerme, pero que deja la idea en la cabeza de la otra persona (“nunca se sabe cuándo hay que dar una primera impresión”), lo cual es justamente es mi objetivo: una rápida imagen construida desde lo emocional no pasada por el filtro de lo racional, proceso al que llo contribuyo duchándome rápido.

Un día desperté en casa de una chica que pensaba que no leía, pero es que tenía los libros de lectura en el salón. En ese momento deduje que era una persona atípica, porque los libros de lectura se tienen en la habitación y la enciclopedia en el salón, pero los apartamentos y las familias contemporáneas han venido para romper con los roles tradicionales.

De entre todos me llamó la atención uno muy gordo, que abrí y que según pude comprobar se trataba del álbum de fotos de la boda y del viaje de novios.

Al instante me di cuenta de que yo había leído muchos libros, pero que no había uno tan puro literariamente como aquel. Creo que pertenecía al género de la novela gráfica.

Mucho se hablaba de que los libros estaban muy vivos a pesar del paso del tiempo, pero había en ese libro algo diferente. Mientras en otros casos lo que mutaba al libro era la percepción y la mente del que lo leía, en el caso del álbum de fotos de la boda eran los mismos personajes de las fotos (la película de la vida) los que contradecían y matizaban la nueva realidad, porque podía darse el insólito pero posible caso de que uno de los fotografiados y a la postre contrayentes, muriera aunque siguiera vivo, lo que se conocía con el nombre de divorcio.

De alguna manera no podía dejar de pensar que ese fotografiado podía haber sido yo si hubiera conocido a la novia 25 años antes. Y que quizá ahora estuviera muerto en vida, lo que creo que se conocía también como catalepsia en una de sus variantes. Y que quizá un joven 25 años más que yo estaría ahora en mi lugar, lo que de alguna manera lo convertía en un hijo mío, o al menos en un sucesor o en un peón de ese modo de trascendencia en este tipo de nueva vida que desde algún tiempo me venía procurando.

Un día le robé unas gafas a mi padre de cuando era joven y me las puse para ver una película con ella, para jugar a ser su exmarido, porque él salía con gafas grandes y pantalones de campana en las fotos del álbum, como correspondía a la época.

Todo seductor mínimamente instruido debe conocer que si quiere ocupar el lugar de un marido se debe presentar ante la implicada como una clara fuerza de vector antagonista que lo diferencie superando de largo al primero, pero en el fondo lo que subyace es un deseo irrefrenable de dejarse guiar por la corriente equivocada y presentar comportamientos y músculos agonistas con él.

Siguiendo esta misma teoría, en la cama debiera ocupar la posición contraria a la que ocupaba él. Yo no sé si ella era consciente de esta realidad, así que no sabía bien si el lugar que me ofrecía era habiendo sopesado mi teoría del antagonismo o si me la ofrecía porque el lugar en el que dormía ella era su sitio de siempre, lo cual me parece muy bien pero no nos beneficiaba para nada como pareja que construye romance.

Cuando esa situación sucedía en un desliz matrimonial, se podía aplicar una corrección por mesillas de noche. Se trataba de adivinar el sitio de cada uno por las mesillas de noite. Si se diera el caso de que en las mesillas hay libros el juego se pondría mucho más emocionante, porque volveríamos al mismo punto de antes, sólo que ahora al conjunto de libros había que asignarle una persona u otra, a la manera de código binario.  

La misma emocionante adivinanza sucedería en el momento de los cepillos de dientes. Me encantan esos sustantivos y objetos comunes en cuanto al género. No sabes quién es quién. El sentido común decía que debieras usar el cepillo de ella, pero el deseo irrefrenable de suplantar una identidad pudiera hacer que quisieras usar el de él. Puedes contagiarte una hepatitis o dejarle un resto de comida para que continúe el ciclo de la vida, indistintamente.

No se puede evitar mirar el álbum de fotos de la boda o del viaje de novios con mucha tristeza. Por la juventud que fue. Por las risas que son llanto. Por un proyecto de vida que de alguna manera fracasa o cuanto menos se trastoca. Por los hijos que quedan por el camino. Por todo lo padecido.

No hay una cosa que me ponga más triste que no haya habido un viaje en la vida que no supere después al viaje de novios de una pareja ahora divorciada.

Quería cerrar esto de otra manera pero estoy saliente de guardia. Ya no se puede más.

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