martes, 1 de marzo de 2016

BESOS DE CARNAVAL



El gringo no había visto todavía ese fotograma de la vida en el que dos personas se embestían los labios con la fuerza de la inmediatez y con la certeza de la caducidad.

No conocía que existía un diferente contrato social para un beso de nuevo cuño: el beso de carnaval. Una transacción de sentimientos efímeros y desdibujados, pero no por ello menos reales. La vida parecía que iba a terminar un segundo antes del fin del beso de carnaval.


Se pactaban las cláusulas y los dos contrincantes se ponían labios a la obra. Se movían al ritmo de la música o acaso espasmódicamente, en un armonioso caos.



La energía en forma de calor que se desprendía de tal reacción química y sobre todo física, dibujaba una zona de confort alrededor, que separaba a los contrayentes de la multitud. Un espacio privilegiado dentro de la escasez, que no se sabía si era causa o consecuencia de la levitación.

En el beso de carnaval no había lugar para labios imprecisos o torpes, para primerizos babeadores que exigían una limpieza de comisura después del acto, en un gesto que retrotraía a la más tierna adolescencia. No había lugar para besos que duelen, para traumatismos dentales o para lenguas perezosas que quedan a la deriva del oleaje de la saliva.

Después del beso de carnaval solían mirar al vacío, sabiéndose observados, y volvían como si nada a sus Antárticas o a sus rutinas; quizá a sus pasos de baile, quizá a coreografías fabricadas en la televisión, quizá al mundo del que quisieron escapar con ese beso...Y al que nunca debieron regresar.

Roberto Sánchez 
Río de Janeiro, febrero de 2016.

Fuente imágenes: Google imágenes - Besos de carnaval. 

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