viernes, 16 de diciembre de 2016

GENTE OSCURA

Cuando era adolescente nos juntábamos en verano los que no teníamos ni chalé ni pueblo. Nos comíamos el asFALTO, en Agosto, a 40 grados centígrados.

Un día a uno del grupo se le ocurrió que podíamos jugar a seguir a la gente.

Seleccionábamos a una persona al azar y durante un par de horas íbamos detrás de él a prudente distancia. Era emocionante cuando nos debíamos situar más lejos porque la situación lo requería, para que no nos pillara, y casi le perdíamos, pero al final volvíamos a encontrarle.

Ahí fue la primera vez que experimenté y sentí lo que más tarde leí en los libros de Millás, aquello de que no hay nada más exótico que lo normal.

Me acuerdo que seleccionamos una tarde a un tío que se parecía a Íñigo el de “Al salir de clase”, y que inmediatamente bautizamos como Íñigo.

Le agarramos cerca de la Catedral. Se paró a hablar con varias chicas, y luego se metió en el Burger King. Esperamos mientras pidió un Whopper doble con patatas medianas. Metimos a un torpedo adentro de la hamburguesería a ver qué era lo que pedía. Luego le seguimos hasta lo que debía de ser su casa, a tomar por el culo.

Meses más tarde vimos al Íñigo en la prensa local, pues era director de una compañía de teatro universitaria.

Me removió por dentro que hubiéramos sido capaces de seleccionar a alguien de la población general que finalmente tenía cierta relevancia pública. Aquel gesto llenaba nuestro olfato ojeador de cierta trascendencia.

Andando el tiempo aquel grupo de la adolescencia comenzó a disgregarse.

A veces iba solo por la calle y seleccionaba a alguien a quien seguir. Comencé a afilar mis selecciones en base a una serie de criterios. El juego de seguir a las personas se comenzó a transformar en el juego de observar y diseccionar rasgos morfológicos y culturales. Luego terminaba siguiéndolas, por supuesto, y me pasaba así de lo cultural a lo etológico. Todo este ingente trabajo de campo se hubiera solucionado en un plis plas teniendo un cupo como médico en ese barrio. Pero no eran así las cosas y me tenía que joder.

El caso es que comencé a reunir una serie de criterios de selección en torno a lo que sentía que podía constituirse como teoría. Una teoría que fuera capaz de explicar una compleja y extensa realidad. Observaba que una serie de rasgos distintivos daban lugar a lo que podría denominar como GENTE OSCURA.

Son esas personas de edad indeterminada, con el pelo graso pero asimismo peinado fuertemente y con contundente raya, en chándar, con zapatos, con pantalón vaquero ancho y viejo, bolsillos grandes. Integradas en la sociedad pero a la vez no integradas, que bordean la marginalidad pero que definitivamente quedan dentro de, que conocen a la gente de los bares, que tienen un pensamiento difuso y mal organizado, que sienten en torno a la vida local y a los límites de la ciudad, que siempre asienten cuando les dices algo, que son solteros, que se murió su madre y que andan como huérfanos por la sociedad, que caminan y nunca sabes dónde van y no lo puedes imaginar, porque no lo saben ni ellos. Esa gente que nunca sabes el justo momento en el que se perdieron, y que sabes que nunca se van a volver a encontrar. Ésos que no podrías adivinar ni de coña qué hacen un domingo por la tarde. Que nunca cocinan. Que todavía fuman. Que tienen la cama en el salón. Que viven en la periferia de sí mismos. Que hablan muy poco. Son ésos a los que ya solamente la intervención sociosanitaria puede desentrañar y acercarse a su verdadera realidad, porque se han protegido de todo y de todos. Esa gente meditabunda que piensa y vive en bucles. Que tienen la picha hecha un lío. Que han tenido que esmerarse mucho para rellenar el tiempo que les regaló la vida y la condición de pensionista. Ésos que todos conocen pero que nadie conoce realmente. Ésos que tienen ese carácter de solitario rural forjado en lo inhóspito, pero que han sido trasplantados a la ciudad por la gracia del exódo rural. Esos que nadie sabe cuándo se comenzaron a deslizar por la pendiente. Quizá fue un día raro, un gesto nimio, una tontería. Una noche que llegas a casa y no te apetece hacer la cena. Un día que tomas un par de cervezas de más en el bar de abajo. Un día que le dices a tu novia que ya no lo tienes claro. Una navidad que dejas de ver a los amigos que vienen porque te cansan. Una semana que te quedas en casa rumiando odio porque la vida te decepcionó, porque pensabas que te merecías algo que no te ha sido dado, porque hay una distorsión de las expectativas en torno a una ilusión o un sueño. Ese día que comenzaste a convertirte en alguien oscuro, indeterminado, indefinido, prescindible, irrelevante. El día que comenzaste a ser alguien sin biografía, sin fotos en el álbum.

De esta manera, solamente un grupo de adolescentes pueden, con su deficiente y escaso anclaje al mundo real, sacarte de la sociedad oscura, del mundo oscuro, de la gente oscura.


Una tarde de diciembre, en medio del frío, la niebla y la penumbra, salí a pasear sin rumbo porque no tenía nada que hacer. En un momento dado miré para atrás y me fijé a lo lejos en un grupo de muchachos de corta edad. Seguí mi camino indeterminado y volví de nuevo la mirada hacia atrás, y allí estaban, medio tapados detrás de una esquina. Confirmé una tercera vez esta sospecha. Aquella tarde me di cuenta de que yo también me había convertido en una persona oscura, en gente oscura, que me había pasado al lado oscuro.

Llegué a casa asustado y me puse de inmediato a escribir esto que aquí termina. Pensé que escribir era la única manera que me quedaba de volver, aunque no estoy muy seguro que pueda ya.

viernes, 9 de diciembre de 2016

AMOR INSTITUCIONALIZADO

Pensó en decirle que su amor ya se había institucionalizado, que había sufrido un proceso de creación análogo al de las instituciones sociales, educativas o políticas… porque había dejado de formar parte de la coyuntura para hacerlo de la estructura, porque en palabras de Durkheim conservaba existencia propia, independiente de manifestaciones individuales, porque era ya una manera de obrar, pensar y sentir exterior a ellos, dotado de un poder superior por el cual se imponía.

Pensó en decirle que su amor, después del proceso de construcción, era ya una realidad formada, y que acusaba una supremacía material y moral que todo lo podía.

Que era el resultado de que dos individuos, ella y él, habían combinado su fuerza para crear un producto nuevo, que quedaba ya fijado fuera de ellos mismos, ajeno incluso a los dos, que ya estaba “instituido” fuera, que definía la voluntad de obrar y de enjuiciar, que no dependía de cada voluntad particular tomada separadamente.

Que su amor quedaba constituido así en una realidad que les superaba, y que ya no podía imaginar una vida sin ella como no se puede imaginar un país sin Tribunal de Cuentas o sin las Cortes Generales ni particulares.

Pensó en decirle que su amor se había institucionalizado. Y que entre otras cosas, por eso, seguiría existiendo cuando ellos se fueran.

martes, 6 de diciembre de 2016

PADRES IMAGINARIOS

Lunes.

A los recreos y a la verja del patio, que es donde operan los padres ilegítimos y divorciados, se acercó el hombre.

El hombre estaba mal de pasta y tenía buena en-verga-dura, por eso se hizo donante en un banco de semen, para que le dieran crédito en un banco normal.

Sabía que tenía un hijo repartido por ahí pero no sabía quién era todavía, por eso miraba a la cara de todos los infantes de la ciudad, a ver si podía adivinar quién era el suyo.

Arrimaba unos tronquitos de fresa rellenos de lo blanco a la verja, como el que da de comer en el zoo; y de los niños que acudían elegía a uno y le configuraba como hijo putativo.

Le mesaba los cabellos mientras el ñiño mascaba, hasta que le sorprendía la bocina de volver a clase.


Martes.

Llevaba mucho tiempo con una chica y se produjo una separación. La chica rehízo su vida y en un año se echó otro novio y tuvo un hijo. Lo típico, vaya.

El chico sentía que ese hijo era de alguna manera un poco suyo, porque él pudo ser perfectamente el padre, pero no le dio la gana, aunque no sabía bien por qué, como estas cosas bobas que pasan en la vida.

Como siguieron siendo amigos, el chico le pedía a la madre que le dejara alguna tarde al mes al chaval, para disfrutar de la cuota de paternidad ilegítima que le correspondía.

El hombre quería llevarle a un sitio ilegítimo, para hacer honor a su paternidad bastarda, pero era pronto para una actividad ilícita y delictiva.


Miércoles.

Salía con una chica que tenía un hijo. Él lo quería y a veces la chica le dejaba jugar un poco a ser su padre.

Al chico le gustaba mucho porque él lo que quería era ser un padre por horas, no a jornada completa, ni un padre de carrera. Le gustaba ese rol de padre sustituto, como el del médico sustituto, que le pone tratamiento al paciente y a los dos días piensa que el paciente seguro que va a estar de puta madre, y lo mismo está muerto.

El padre le llevaba al Museo del Prado y lo mismo el crío terminaba siendo drogadisto, quién sabe. También sucede que hay drogadistos con estudios, que dilapidaron su potencial intelectual y cultural por culpa de la drogaína, pero esto sólo lo saben los siquiatras, que me lo han dicho.


Jueves.

No tenía hijos y al llegar a los 50 se dio cuenta de que no tener hijos era igual que no tener chalé. Te llegaban los 50 y no sabías en qué dar.

“Si tuviera un huerto que cabachar no sentiría esta presión en el pecho ni esta tristeza”, pensaba, aunque a él los huertos y los calabacines se la refanfinflaban.

Miraba a los hijos de los demás y cuando le daban un beso los de los amigos concentraba todas sus energías imaginando que era suyo. Los padres se dieron cuenta y comenzaron a separar a sus hijos de él, porque sentían que era una amenaza a su status, concepto éste tan weberiano.

Viernes, sábado, domingo descansó, como Jesucristo y los que estudian filología y esas cosas, que no tienen clase.

36

Me dijiste que creías en el libre mercado pero sin embargo con tu mano invisible me atrajiste hacia tí.
Con el tiempo fuiste lanzando OPAs hostiles, fusionándote y eliminando a las más débiles del mercado. Tras un breve lapso de oligopolio conseguiste monopolizarme.
Dices que eres marxista en el amor y liberal en lo económico. No hay quien te crea. Lo que yo quería era justamente que sucediera al contrario.
Debes de ser de Ciudadanos o algo así.

35

Galindo y Perahuy
Nueva Delhi
Corea del Sur y del Norte
Calvarrasa de Arriba y de Abajo
DUPLICI(U)DADES

34

La conexión
Karl Marx: "Lo mejor de la burguesía son sus vinos y sus mujeres"
Manolo Escobar: "Viva el vino y las mujeres"

33

El IVA cultural: NegOCIO.
El IVA cultural: IVA a ir y ya no voy.

32

No era un conTRATO, sino un malTRATO.

miércoles, 19 de octubre de 2016

CARTA A UNA SEÑORA QUE PASEA A UN PERRITO POR MI BARRIO.

Hola,

te veo paseando a un perro moribundo todos los días a las dos de la tarde cuando llevo una vida ordenada, por lo que supongo que tú también la llevas.

Yo soy el que va corriendo y me cruzo contigo en la curva de abajo del parque, donde el columpio gigante del elefante.

A veces me miras, o más bien diriges tus ojos hacia mí, medio desenfocados, y no sé si procesas lo que ves o no.

Yo voy haciendo que desprendo vitalidad y poderío, y que soy capaz de correr más de una hora sin despeinarme, pero en realidad voy follao, y cuando paso la curva para salir a la carretera me paro y voy andando.

Tú siempre andas ahí, con el pelo fosco y una ropa que te queda grande. Has engordado un huevo. La primera vez que te vi cuando volví de Madrid casi ni te (re)conocí.

En realidad yo soy Rober, y tú la mamá de Rodi.

Tu hijo y yo jugábamos en el barrio hace por lo menos 25 años. Nos pasábamos el día en la calle. Recuerdo que por entonces te habías divorciado del papá de Rodi, en un gesto que me provocaba mucha extrañeza, pues casi nadie consideraba el divorcio por aquel entonces como una opción. Mientras los demás chavales del barrio podían presentar un juguete o unas zapatillas a la última como un símbolo de distinción que les ayudara a ser valorados y distinguidos en el grupo, Rodi blandía el divorcio de sus padres.

Recuerdo bien que muchas veces ibas al parque, al mismo parque donde nos encontramos ahora, a vigilar de lejos y discretamente a Rodi, porque él era el menor de la pandilla y tenías miedo de que fuera mal influenciado por los mayores. 

Durante este tiempo, aunque intermitentemente por mis idas y venidas, he ido observando tu decadencia, que es paralela a la decadencia de gran parte de los habitantes del barrio que tienen la edad de mis padres. Recuerdo a los tuyos, que vivieron con vosotros, que tanto cuidasteis y que supongo fallecidos porque no los volví a ver.

El otro día me di cuenta de que para reconstruir mi propia historia tenía que reconstruir la del barrio, lo que te incluye necesariamente a ti, por eso, entre otras cosas, te escribo esta carta.

Me di cuenta de que no hay una relación tan extraña como la que se tiene con la gente de tu barrio, porque los conoces e incluso los quieres, aunque realmente puede que poco o nada sepas de su vida y puede que nunca hayas hablado con algunos, pero sabes que están ahí, y que de alguna manera te contienen y tú los contienes a ellos. Cuando sucede algo realmente malo o desaparecen, te enteras de lo que ha sucedido, y lloras y todo.

Yo siempre pienso en esta realidad cuando se presenta el anonimato como una virtud de la vida en las grandes ciudades, donde da esa sensación de que nadie conoce a nadie porque a nadie le importa nadie y porque se quiere que a nadie le importe la vida de uno.

También te escribo esto porque no sé si eres feliz. No he vuelto a ver a Rodi. Mis tías me dijeron que creían que había sido abducido por una de las ramas de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, ese lugar que tan bien conjugaba en aquel entonces la mediocridad intelectual y el reconocimiento social, para mi asombro. A veces subo a su casa, desde donde se ve tu ventana, y observo que ves la tele hasta las tantas, con la luz del salón apagada, y te presupongo dormida en el sofá.

Te escribo porque me gustaría meter al perro en danza.

Realmente te escribo porque tengo miedo de que se mueran y se vayan todos en mi familia y en mi barrio y quedarme como tú, con esos anoraks de mangas anchas y peluche en el gorrito y tu mirada triste y (ca)bizca/baja. Tengo miedo de que un día me haga mayor y como tú, no recuerdes que quien yo realmente soy es Rober, que no soy otro que el que fui, que aunque tengo problemas para diseccionar los matices entre inmovilidad y lealtad sigo siendo yo, el amigo de Rodi, el guitarra principal de ese grupo imaginario que cantaba canciones imaginarias, el que tiraba petardos de 15 en navidad y bombas fétidas en el burger king, el que llamaba a los timbres y a los pensionistas de los anuncios por palabras desde la casa de algún otro para vacilar, con el que compraba tu hijo los tronquitos de fresa en el quiosco de Loli y con el que tanto tiempo pasé preparando bombas de agua fuerte en el mismo parque en el que ahora nos encontrábamos. Te escribo porque tengo miedo de dejarte de ver un día y me digan que te has muerto, que una noche te dormiste en medio de la penumbra del salón, con la tele puesta, y que no te despertaste jamás. Y aunque yo piense que realmente te has ido a vivir con el padre de Rodi, ese hombre alto, guapo y de barba que venía de vez en cuando a ver al niño, te han metido en una caja debajo tierra y no te voy a volver a ver en la superficie. 

Te escribo porque tengo que decirte esto, necesito decírtelo; pero en verdad de la buena te escribo porque en el fondo soy un absoluto cobarde, y sé que esta carta no la vas a leer nunca.

martes, 4 de octubre de 2016

UNA HISTORIA DE CAPITALISMO ESPAÑOL.

En mi barrio suelo ir a tomar café a un bar. No goza de una buena situación y se nutre de unos pocos clientes coyunturales que vienen y van, y de una pequeña parroquia fiel entre la que me encuentro. Hay una dueña que no ha tenido una vida fácil en lo personal ni en lo familiar. Tiene problemas pegajosos. Se levanta todos los días muy temprano para hacer una tortilla de patatas con un exquisito sabor proletario, cuajada por la lucha de clases. Se pasa el día entero en el bar, turnándose con su hijo, los siete días de la semana. Lleva décadas así. Anteriormente tuvo otro bar en un barrio todavía más periférico, que tuvo que cerrar. Evidentemente está hasta las pelotas. De aguantar a tíos que se maman y van ahí a dar la chapa, de soportar a clientes con requerimientos variopintos y de la vida en general.

En el barrio hay más bares, pero todos se mantenían en equilibrio por una situación parecida de sus dueños.

Uno de ellos se jubiló, y vino una persona más joven, menos cansada, con más ideas y más dinámica, que ofrece mejores productos, y más baratos.

Todo el mundo quiere ir ahora al nuevo bar. Lo poco que tenía y por lo que tanto había luchado la señora se le va escapando cada vez más.


El análisis que mejor explica esta realidad es el que hace el filósofo argentino José Pablo Feinmann revisando la teoría de los carniceros de Adam Smith162: “supongamos que yo quiero conseguir muy buena carne y que tengo frente a mi casa una carnicería. A 60 metros hay otra carnicería. ¿Qué es lo que me va asegurar la mejor calidad de la carne que yo quiero comer? ¿La benevolencia del carnicero? No. Porque un carnicero benevolente no querría destruir al carnicero que tiene a 60 metros. Sería bueno… diría…trabajemos los dos y que cada uno haga lo mejor que pueda con su mercadería y que ofrezca lo mejor… Adam Smith dice: No. Es la competencia la que va a dar la eficiencia del buen producto, y para competir hay que ser egoísta… y para competir no hay que amar al competidor, sino que hay que querer destruirlo. Entonces dice Adam Smith: no esperéis nada de la benevolencia del carnicero. Esperen todo de su egoísmo, porque si el carnicero que tengo enfrente es muy egoísta pero que muy egoísta, va a luchar fervorosamente por aniquilar al que tiene a 60 metros. Entonces va a ser la mejor carne, cada vez va a ser mejor su carne… si nota que el otro la mejoró la va a mejorar más y la va a mejorar más… y la va a mejorar tanto hasta que el otro ya no pueda llegar a esa calidad y cuando el otro no pueda llegar a esa calidad todos le van a comprar a éste y el otro va a cerrar. Entonces yo voy a tener la mejor calidad de carne que no se la debo a la benevolencia del carnicero sino a su egoísmo, a su garra competitiva. Eso es el capitalismo según Adam Smith163.
Entonces el mercado es el lugar idílico donde todos compiten por todos […] y donde actúa lo que Adam Smith llama la mano invisible. El mercado se regula por sí mismo… A lo largo de la historia humana vemos que antes de la mano de Dios de Maradona estuvo la mano invisible de Adam Smith. Lo cierto es que era un recurso casi teológico mediante el cual Adam Smith trataba de ocultar que el mercado del neoliberalismo capitalista va eliminando a los más débiles y se va concentrando cada vez más.
El otro excepcional recurso que tienen los más fuertes del mercado es que en determinado momento ven que ya no les conviene pelear entre ellos, sino que les conviene unirse, y al unirse forman los monopolios y los oligopolios, o esta palabra muy utilizada que son los grupos.
Una vez un tipo de una empresa me dijo muy triste: pensar que yo para tomar una decisión tengo que hablar con un tipo que está en Suecia y que ni sabe dónde queda la Argentina”.

lunes, 3 de octubre de 2016

VIAJES QUE NUNCA FUERON

Entre la interesante fauna que puebla los hostel hay una figura que me parece especialmente tierna. Es esa persona que sacó un billete con la pareja, rompieron antes de ir y termina yendo sola.

Ahí anda siempre, un poco perdido de la mano de dios, como un pollo sin cabeza. El cuerpo en un sitio y la mente en otro. Ahí los veo en las discotecas, buscando la nada, dando tumbos, intentando besar en la penumbra de la noite a una persona que está a 10.000 km de distancia. En esas raras ocasiones en las que lo difícil es no ligar, ahí andan ellos, rompiendo la estadística.

Nunca una presencia que justamente no está se hizo tan evidente. Nunca fue tan fácil ganarse una confianza y una compañía.

Ahí, volviendo de la joda al hostel, mamados por el dolor, mirando en la litera de abajo el techo (de la arriba). Desde ahí les hablo y responden con el habla medio entrecortada, asumo que para transar con el gimoteo.

Ahí anda, recorriendo por el día solo los sitios donde debieran ir juntos. En el fondo no va solo porque la otra persona va en la cabeza. Visualizando el día de regresar. Buscando de continuo en la realidad señales que terminen de completar su tristeza y desesperanza.

Un día, pensando esta realidad, pude llegar a un objeto de conocimiento mucho más dificultoso. Pude dar cuenta de una versión más oculta de este fenómeno. Y es el que finalmente se queda. Es mucho más oculto porque como se queda en su casa no le veo ni le conozco, pero me han dicho.

Decide anular el viaje y se queda quince días en casa, con las persianas bajadas, en calzoncillos, comiendo arroz con tomate. Yo conozco a uno que fue a Bangkok sin salir de la habitación. Se coge una guía de viajes y reconstruye un viaje imaginario. A ése llo lo considero un verdadero escritor, porque es capaz de edificar un mundo sin los mimbres de la realidad y la experiencia. Pide comida china, le echa un poco de tabasco y la hace pasar por tailandesa. Pide también mujeres a domicilio, como quien pide el servicio de urgencias porque tiene un vértigo. Pregunta si hay alguna oriental en el catálogo. Se queda ahí recluido, en una mezcla de tristeza y vergüenza. Un día le marqué el número fijo de casa para hablar y me dijo que no podía quedar porque estaba en Tailandia. Se fabrica unas fotos en el templo blanco con su exnovia con el fotoshop. En la fecha marcada para la vuelta no se lava el pelo ni se afeita en un par de días, para llegar en condiciones adecuadas. Baja a por un gatito dorado que sacude la mano al chino de barrio, para hacerlo pasar por un suvenir. Le preguntan en el trabajo y resume las bondades del lugar con solvencia.

Qué les vas a decir. A cuántos sitios diferentes e imaginarios hemos ido sin movernos de casa.

lunes, 26 de septiembre de 2016

31

No te vino la regla un mes.
Te puse un juicio de faltas.

LUNES

1. Lo único que quedaba del verano ya era la tímida marca en tu culo del bañador.
2. Te pedí la referencia catastral de tu cuerpo para rendirte tributo. Me dijiste que no tenías ni idea pero que de lo único que estabas segura es que lindaba con el tuyo.
3. Me apoyé en tu pierna y me di cuenta de que en vez de grasa y tejido celular subcutáneo tenías una capa de viscoelástica.

30


Hoy Rajoy está en China en la cumbre del G20. 

Es recibido por su presidente con todos los honores. 

China es un país comunista, partido único, sin elecciones libres, que conculca sin discusión los derechos humanos. 

La prensa nacional e internacional no se rasga las vestiduras, nadie dice ni mú. 

Imaginen ahora qué hubiera sucedido en Venezuela (que no es un país comunista, sino socialista, con elecciones libres), Corea del Norte, Cuba. 

Claro, pero es que China participa de la fiesta de la economía de libre mercado. No sólo participa, sino que pincha la música. 

La doble vara de medir. 

Nos tragamos lo que nos den.





martes, 30 de agosto de 2016

29

Esta mañana saliente de guardia me acordé de un compañero de residencia, de cuando trabajaba en el hospital.

Se colgó muy fuerte de una compañera con la que salió un tiempo, pero finalmente ella le dejó, y no le quiso casi volver a hablar.

Él andaba mendigando como alma en pena cualquier tipo de migaja.

Miraba los días que ella tenía guardia y cuando dejaba la habitación para irse a casa, se metía un rato en su cama a olisquear su cuerpo ausente entre las sábanas.

La señora de la limpieza, que recogía y hacía las camas, conocía perfectamente esta circunstancia y la toleraba.

Un día escuché que le dijo que oliera rápido, que tenía que ir al banco, y que tenía prisa.

28

ConGESTIÓN SANITARIA.

27

Le pidió el geólogo al camarero:
- Una ginebra con tecTÓNICA, por favor.

26

Le hacían trabajar de sol a sol en esa granja.
Aquello era una EXPLOTACIÓN GANADERA.

25

En esa frontera se mezclaban en la cara de la gente los rasgos de tres países.
Era una buena combiNACIÓN.

24

Estuvo a puntito de morirse pero al final no.
El médico resolvió: falleciMIENTO.

23

Quería llevar a casa algo representativo y sobre todo AUTÉNTICO de recuerdo de aquel país.
Trajo finalmente algo falsificado.
El país era China.

22

No sabía si la URSS había sido en algunos puntos lo que se dice muy soviÉTICA

21

Enfermos sentiMENTALES

20

Decían que se había leído todos los libros de Lenin.
Creo que se había pasado de revoluciones.

19

A la pareja le gustaba mucho pasear por las calles largas.
Era una pareja bien AVENIDA.

18

MelanCÓLICOS nefríticos

miércoles, 20 de julio de 2016

BARES DE BARRIO OBRERO EN VERANO.

Una vez escribí para una revista una pequeña historia que titulé “Golden Gate”. Recuerdo que hablaba de una paciente que vi siendo estudiante en una consulta, de clase baja, obesa, con gafas de culo de vaso, sin dientes y con infinitos, complejos y pegajosos problemas, que llevaba puesta una camiseta con el puente “Golden Gate” de San Francisco. La idea fuerza y central era que aquella señora jamás iba a ver en su vida el Golden Gate, y aquello provocaba una (dis)torsión que me removía por dentro, y que intentaba aliviar a lo largo del relato, con mayor o menor fortuna.

Aquel proyecto de revista se frustró como tantos otros, y aquella historia se diluyó en el ambiente y en mi cabeza, como tantas otras.

Una vez un amigo me dijo en Río de Janeiro: GGobeggto, todo siempre vuelve; y cuando pensé en escribir los bares de barrio en verano me di cuenta de que mi amigo brasileño llevaba razón y que aquella historia del Golden Gate no tenía otra misión que venir a traer hoy ésta, y que todo casaba de alguna manera y que aquel puente donde me llevaba era a hoy mismo.

Donde entronca el Golden Gate con los bares de barrio es que me siempre me han parecido muy locos esos bares que en una calle de un barrio obrero, periférico, y que encajonados sobre el asfalto reciben el nombre de Bar Caribe, o Bar Nueva Zelanda o Bar La Costa del Sol. No solamente se trata del nombre, sino que en su interior algunos cuadros o artículos de decoración intentan reconstruir la atmósfera del lugar en cuestión, con un éxito nulo, ya que ni el dueño tiene que ver algo con aquellos lugares ni los clientes. No solamente es eso, si no que  los clientes no es que no tengan ninguna intención de visitar esos sitios, sino que pareciera que cada minuto pasado en el bar o cada caña o vino bebidos allí les alejara un poco más de esos lugares. Un día entraron por la puerta con la posibilidad de viajar pero después de unos años pasados contra la barra ya no son capaces de ir ni a la provincia contigua.

De alguna manera, quizá, piensen que aquel ecosistema impostado y aquella atmósfera irreal viniera en cierto sentido a remedar las aspiraciones, las ansias y los sueños de salir de su barrio para conocer, y así, conquistar el mundo.

Visto así, no es muy diferente de aquellos que viven una vida impostada, en una familia que no han elegido y que simplemente han tolerado, o con una pareja que tiene hijos previos  y que uno los considera en una especie de imaginario irreal hijos propios, o en un trabajo en el que uno va a disimular una profesión, o en una relación en el que uno debe disimular interés por algunas cosas en pos de atraer a la otra persona o en tantas otras fábulas y mentiras en este decorado de cartón piedra que es la vida.

Otras veces y otros clientes bajan al bar y jamás se paran a mirar el ambiente que les rodea, como el pez que sólo se da cuenta del agua cuando sale de ella y como esos madrileños que nunca han bajado a la puerta del Sol o como esos, me contaban, habitantes de los barrios del Alto de Bariloche que nunca habían ido a la ciudad, a 10 minutos en coche, y que yo no podía creer.

Sentados en la terraza o en las ventanas que dan al asfalto pienso que permanecen de alguna manera en primera línea de playa, a pie de pista, donde todo lo más mágico sucede, como pasa en los barrios periféricos de las ciudades, donde nada sucede pero a la vez todo sucede. Donde hay desgarro hay vida, y hay amor.

Al igual que sólo hay un cosa peor que tener una identidad…y es no tener ninguna….

Al igual que lo importante no es que exista una clase baja… sino que tenga una identidad de clase…

Sólo hay una cosa peor que no haya barrios obreros en la ciudad…. Y es que no haya bares de barrio obreros…

No hay nada más cruel en la era postindustrial que la disolución de clase obrera y sus barrios entre la clase media y sus barrios… un espejismo finalmente… ya que siguen conservando su condición humilde pero entremezclados entre la muchedumbre y sin capacidad urbanística de articularse políticamente.

Y esto es una calamidad porque los bares de barrio obrero tienen algo muy potente y muy simbólico que no puede perderse, y que es la tortilla de patata de barrio obrero.

El sabor de esa tortilla condensa dentro todas las luchas y toda la resistencia de clase, por ese motivo jamás sabe tan rica una tortilla en un bar pijo del centro como una tortilla periférica. Y quizá porque la hacen con lo que le sale de los huevos y puede que efectivamente le pongan eso en vez de huevina.

Ese huevo, en efecto, es el cemento que une a todas las unidades-familia-patata y que viene a ser una especie de sindicato o de parroquia obrera que envuelve y organiza la acción de lucha. Ese huevo es una pasta o un hilo interno que es capaz de agregar todos los intereses de clase y presentarlos ante la mesa sectorial o la negociación colectiva como un todo compacto.

Sí… esos bares… prolongación del salón de la casa, donde lo peor y lo mejor del ser humano se concita, esos lugares donde los solitarios se sienten menos solos, donde se toma lo de siempre, donde se anuncian las muertes y las enfermedades, donde se arregla el país, donde se dicen simplezas y se vierten opiniones que no tienen ni pies ni cabeza, donde nacen los revolucionarios como en el bar de Los lunes al sol, donde pasan las vacaciones los que no tienen para irse a ningún lugar, esos bares que son tan típicamente españoles y que no es fácil encontrar ni reproducir su atmósfera fácilmente en otros países. Esos bares tan lamentablemente plagados de hombres.

Un día haciendo unos domicilios en un barrio obrero de Salamanca me topé con un bar muy escondido que se llamaba Bar Copacabana. Me hice el perdido en el barrio y entré a husmear en el bar con la excusa de preguntar dónde quedaba la dirección a la que iba.

Efectivamente el bar tenía un mural con una perfecta reproducción de la Avenida Atlántica de Copa. Aquello me dejó flipado, y el día siguiente, que no tenía que trabajar, decidí abrir la bolsa.

Como lo había pasado tan bien en Copacabana no había querido abrir por superstición una bolsa en la que había metido unas zapatillas que había comprado por veinte euros para destrozar en Río. Me dije a mí mismo que solamente volvería a abrir aquella bolsa la próxima vez que viajara a Brasil. Pensé que lo más probable es que tardara mucho en volver allá, si es que volvía alguna vez, así que la ocasión para abrir la bolsa era ahora, para ir al bar.

A las zapatillas, como era de esperar, se las estaban comiendo los hongos, pero con lo que quedaba pude desplazarme desde mi casa hasta el bar, cruzando toda la ciudad.

Al entrar en el bar se produjo algo especial, como una sinergia, y sentí un calor muy fuerte en los pies, como cuando pisaba descalzo la arena ardiente de la playa de Copacabana. El camarero jamás había salido de la provincia de Salamanca, pero alguien le habría contado, y hacía un cóctel delicioso que llamaba Atlántico y que entraba solo. La verdad es que aquella tarde lo pasé de puta madre, no lo pasaba tan bien desde aquellos días de Río. Me tomaba un Atlántico con un pincho de tortilla obrera y la barba del camarero me recordaba así a Lula da Silva. De hecho desde ese día comencé a llamarlo así.

Me dio el punto y comencé a aceptar sustituciones de verano en aquel Centro de Salud de ese barrio obrero. Al terminar la consulta me iba directamente al Copacabana y ya conocía a muchos de los parroquianos del cupo y ellos me conocían a mí. A Lula le caía muy bien porque le llevaba al bar las recetas de zolpidem de la mujer y las de la litrona (higrotona) de él. Yo le conté que había estado en Río, en Copacabana, y el tío se entusiasmó todo porque decía que yo era la primera persona que conocía que había estado, y comenzó a darme atribuciones, como poner en una pizarra la temperatura de Copa, la intensidad del viento y unos datos meteorológicos más… y comenzamos a montar una lista de reproducción de una música brasileña que atormentaba a los clientes pero que Lula aprobaba: que se vayan todos a tomar por culo de una vez, decía…. Jajja yo flipaba… Me hice con unos DVDs de los desfiles del sambódromo y los pasábamos de continuo por la televisión.

Se montaban unos guirigáis de impresión allí todas las tardes. Yo entraba en el bar a las tres y a veces cuando quería salir de allí era ya de noche, y tenía que tomar un taxi para volver a casa porque no me tenía en pie, como cuando estaba en Copacabana.

Sin darme cuenta, me había convertido en un cliente fijo de bar de barrio obrero. Seguía siendo médico pero de alguna manera sentía que dilapidaba mi vida… Unas vacaciones pude irme fuera… realmente podría haber vuelto a Río… y sin embargo decidí quedarme a las fiestas del barrio… me compré unas nuevas zapatillas de veinte euros para destrozar y sentía que mi vida había vuelto a comenzar así de alguna manera, con esta nueva etapa de deconstrucción.


A pesar de todo sigo escribiendo. Hace ya bastantes años escribí aquella historia del Golden Gate. Hoy el Golden Gate me queda demasiado lejos, Copacabana me queda demasiado lejos y la persona en la que me iba a convertir quizá también, pero por un momento nos reencontramos todos en esta historia y en este bar, que hace las veces de Copacabana en el barrio de Pizarrales de Salamanca. Esta historia aquí la termino, en una moleskine que me regaló un amigo cuando fui a Río y que todavía no he llenado porque no era capaz de escribir sobre todo esto, y por fin lo consigo. En una mesa de una terraza plateada, en primera línea de asfalto del verano, donde pasa la vida igual que las mulatas, donde pasan los barrigas obreras de comer pan y tortilla igual que los hombres musculados de la academía, donde miras al horizonte y puedes ver el otro lado del océano Atlántico a través de los tejados de la ciudad.

domingo, 17 de julio de 2016

martes, 12 de julio de 2016

CARTA A TU YO.

“Me gusta ir los domingos a la zona de la Universidad,
porque hay gente nostálgica paseando por el Campus”
LLo.

Hola,

te mando esta carta porque esta tarde estaba dando un paseo por el río y te he visto hace veinticinco años. No te lo he dicho para que no te asustaras, por eso te escribo esta carta. Entre otras cosas tú no me ibas a conocer porque yo no había nacido, y te ibas a pensar que soy un loco de la pradera.

Ya la tarde había comenzado muy rara. Para empezar era domingo pero realmente era miércoles. Los que trabajamos haciendo guardias tenemos estas cosas de confundir los diarios con los festivos, y nos da igual un día que otro y ocho que ochenta y la mala costumbre de no diferenciar bien, lo que está de puta madre cuando realmente es miércoles pero es terrible los domingos, ya que no nos hacen ilusión las cosas bonitas que proporciona la cadencia de la semana y parecemos marxistas, que no somos capaces de disfrutar de algo como un jersey nuevo o tu cumpleaños.

Por otro lado era un día de septiembre en pleno julio, y en medio del nublado la gente de las casetas del río se había puesto a cubierto en casa, y por eso daba también la sensación de ser un día festivo siendo realmente un día de diario.

El caso es que te vi allí sentada en un banco, con un bloc de ésos míticos de Senator y las ceras Manley, dibujando justamente una de tus láminas preferidas del atardecer, que veinticinco años más tarde seguirías conservando y colocarías en tu habitación justo al lado del retrato que me hiciste cuando nos conocimos. Yo también hago retratos, pero en vez de con trazos con palabras.

No dudé ni un segundo que fueras tú, estabas inconfundible con tu piel oscura, los dientes grandes. La sonrisa, el escote. Es cierto que te brillaban un poco más los ojos, el tiempo y los años que vinieron fueron apagando tus ilusiones. Unas patas de gallo.

El caso es que en ese momento me sentí muy afortunado de estar en los 30s. Los 30s pueden relacionarse con la misma destreza con los 20s que con los 40s y estar a caballo y en el justo medio entre la que fuiste y la eras, y eso me daba una posición privilegiada que no estaba dispuesto a desperdiciar. De hecho, una de mis mayores jugadas era establecer un diálogo continuo con la que eres y la que fuiste y ayudarte a resolver la tensión entre ambas, porque esa disyuntiva te traía por la calle de la amargura.

Enseguida me di cuenta de que las reglas que utilizaba para acercarme a la tú de ahora no me valían para abordar a la de antes. Así que no hacía más que pedirte que me hablaras de cómo eras cuando eras joven para con ese conocimiento intentar abordar e incluso conquistar a la tú de ahora. Lo que no podía imaginar bien es si tú eso te lo ibas a tomar como una infidelidad o como justamente lo contrario, una lealtad profunda.

Andando el tiempo, utilicé con ventaja los datos que conocía de ti madura para hablar contigo de joven y me salió muy bien, porque finalmente concluí que en el fondo tampoco habías cambiado tanto. Aquello fue como haberme dopado relacionalmente.

Tengo que confesarte que unos días después de verte por vez primera en el río iba paseando con tu yo madura y vi a tu yo joven a lo lejos. Conseguí disimuladamente que nos desviáramos del camino porque no quería provocar que os encontrarais. Pudiera ser que me confundiera pero sospechaba que a tu yo joven no le iba a gustar un pelo la persona en la que te habías convertido con el paso del tiempo, y vislumbraba que se iba a liar la de San Quintín. Ibas a comenzar con los reproches y no sabía si yo podía defenderte un poco o ir amortiguando los golpes, porque yo era un chavalín cuando sucedió todo. A veces pensaba que lo único que os unía tras el paso de los años es que os seguía gustando ir a pasear por el río. A mí también me gustaba mucho el río, pero el de Janeiro.

En el fondo todo eso era una falacia, porque por muy imperceptible que sea siempre algo queda del joven que fuimos en el maduro que somos. Eso se nota mucho cuando te reencuentras con alguien de la adolescencia al que no ves en una pila de años, que por mucho que hayas cambiado te sigue reconociendo como el que fuiste, en todos los sentidos. 

Tenía miedo del cisma porque al igual que tu yo joven iba a pedirle cuentas a tu maduro por la persona en la que se había convertido, tu yo maduro iba a reprocharle a tu yo joven las cosas que había hecho en la juventud que habían provocado que finalmente tú te hubieras convertido en quien hoy eras.

Luego hubo un momento en el que tu yo joven, después de una fase alocada, comenzó a integrar rasgos de extrema madurez en tu personalidad. De la misma manera tras una fase de madurez aburrida, calmada y previsible tu persona comenzó a integrar rasgos de adolescente desmelenada. Aquella hibridación confieso que me dificultó de sobremanera la comprensión de ti.

Pasó el tiempo y aquella relación turbulenta a 3 fue suavizándose. Creo que el haberme conocido y el que yo estuviera trabajando para decodificarte te hizo bien. Nadie nunca había intentado decodificarte porque nadie nunca tuvo el más mínimo interés en ver qué había dentro de tu alma.

El cardiólogo toma unos datos que es capaz de captar y de interpretar de alguna manera para construir un sentido, pero solamente el cirujano cardiovascular te abre el pecho de par en par y es capaz de conectar los cables de la bomba en sentido apropiado.

Trabajé duramente para limar las excrecencias que provocaban que la silueta de tu llo joven no encajara en el molde de la madura. Un día me dijiste que estabas en paz y que yo te la había dado, y creo que en eso consistió justamente mi labor.

Un día, cuando paseaba solo por el río, me di cuenta de que tu yo joven ya no había vuelto por allí. Se debió ir con la pintura a otra parte. También me di cuenta de que yo no la había echado de menos en todo ese tiempo y pensé que eso era imposible.

Una noche que dormías profundamente, te estuve mirando con atención y pude observar que la razón por la que no había vuelto a ver a tu llo joven en el río era porque estaba viviendo dentro de tu llo madura. La joven nunca dormía porque decía que dormir era de cobardes. La madura dormía bastante pero yo no sabía si era por el sueño acumulado de la juventud o porque no fuera valiente y a veces se le viniera el mundo encima.

Creo que desde que me has conocido estás más mucho joven en todos los sentidos, y pienso que es porque he contribuido de alguna manera a que se fundan a la perfección tus dos yos, y que convivan y se acoplen en paz.

Por las noches, cuando estás tan cansada que no puedes más, a veces me quedo hablando antes de dormirme con tu yo joven. Me pasa el canuto, me da un beso y se olvida de mí, saca el whisky cheli, me dice cosas que no tiene razón, me cuenta sueños imposibles y me transfunde un poco de intensidad.


Yo llega un punto que me voy quedando frito, en el fondo ya tengo treinta y pico, y cuando apoyo la cabeza sobre el pecho de tu yo madura para quedarme finalmente dormido, veo que tu yo joven saca las acuarelas y se pone a dibujar. 

domingo, 3 de julio de 2016

15

Le preguntaron a la profesora de química cómo definiría el matrimonio.
Un enlace covaliente, respondió.

viernes, 1 de julio de 2016

HABITANTES DE UNA SOLA CIUDAD

Hay gente que pasa todos los días de su vida por el mismo sitio. Gente que ha visto crecer a una persona con la que se cruza a diario y que nunca le ha dicho nada. Ni que tiene mala cara, ni que qué le pasa hoy, o que si eso que lleva en la bolsa del Corte Inglés es porque es su cumpleaños. Gente que según a la altura a la que te cruces en tu trayecto diario sabes si llegas tarde al trabajo o no.

Hay gente a la que el sitio donde dio su primer beso, donde se hizo el primer peta, donde conoció a la que hoy es su pareja y donde cometió sus pecados le queda en la misma manzana (prohibida). Eso sí que es un pecado original.

Hay gente que aunque lleva toda la vida en el mismo escenario con los mismos focos apuntando a los mismos rincones se esfuerza porque el guión y los personajes sean diferentes, y que a veces hasta lo consigue. Hay que gente que va todos los días a los mismos bares y que cada día les gustan más.

Hay gente que a la primera de cambio te suelta que en Madrid no podría vivir, así, sin venir a cuento.

Hay gente que tiene la ciudad desplegada en su cerebro. Eso es a lo que creo que llaman mapa cerebral. Que al igual que algunas personas piensan con sintagmas, fonemas, lex(x)emas y complementos directos otras lo hacen con plazas, callejones sin salida y rotondas. Sobre todo la gente a la que le gusta dar rodeos.

Hay gente que te vas de España diez años y cuando vuelves están sentados en el mismo taburete de la misma barra con la misma cerveza. Hay gente mítica que toda la ciudad sabe quiénes son y que todo el mundo les llora el día que se mueren.

Hay un relato para cada ciudad y cuando lo has terminado de leer ya te has muerto de lo complejo y lo largo que es.

No hay una cosa más parecida al amor que el urbanismo.

Hay gente que no se puede escapar de la ciudad porque tiene los hijos o la plaza fija o la hipoteca y que tienen que buscar todo el rato una ciudad que no es dentro de la ciudad que es, y que o se desquician o se descojonan en el intento. Hay gente que dice que quiere que Zamora sea Río de Janeiro y que consigue que San Lázaro sea Botafogo, Vistaalegre la Barra o Los Pelambres Copacabana. Hay gente que se va al barrio de Buenos Aires de Salamanca y reposta en Repsol como si fuera YPF.

Hay gente que solamente hizo el amor con una persona como conoció una ciudad de la que nunca salió.

Hay gente que se va a 10.000 km de distancia a buscar una cosa que un día se da cuenta de que está dos calles más abajo.

Hay gente que como no puede viajar al extranjero hace que el extranjero venga a ella, y en un encuentro en un bar de su barrio son capaces de viajar a sitios remotos, y tener esa extraña sensación que se tiene cuando se entra en las oficinas de una aerolínea o en una oficina consultar de una embajada.


Hace bastante tiempo, cuando escribía con un pseudónimo para un periódico universitario, dije que yo quería coger un autobús urbano y llegar al fin del mundo. Creo que sigue siendo cierto. 

domingo, 26 de junio de 2016

BESOS DE PENSIONISTA

No hay un beso que redistribuya tan eficazmente el amor como el de un pensionista. Es capaz de asignar los recursos y de maximizar la eficiencia tanto o casi como los mercados.

El beso del pensionista devuelve a la sociedad, en este caso a uno mismo, lo que uno ha aportado tantas veces en el IRPF y en los impuestos indirectos como el IVA.


Una vez una pensionista me dio un beso en el ascensor social, lo recuerdo. Me subió la frecuencia cardíaca a cinco veces el IPREM. Me llenó de júbilo. Me llevó a una pensión barata. Me leyó y me puso al día la cartilla. Me pareció una extraordinaria. 

martes, 14 de junio de 2016

LOS LANGOSTINOS

Me miró con esos dos globos oculares negros suplicantes, como bolitas de pimienta, y supe ver en él la huella de toda una generación: la de mis padres.

La boda de los padres forma parte de los recuerdos de uno mismo en un fenómeno singular, porque casi nadie la ha vivido, pero ese día ha sido construido en la cabeza de cada uno de nosotros como si nos hubiéramos puesto ciegos a entremeses variados, espárragos dos salsas y langostinos, y nos hubiéramos pillado una buena templa a cubatas de larios con limón a continuación.

Probablemente no hay una nostalgia más grande que tener entre las manos el menú de la boda de los padres, y mirarlo con los ojos del tiempo que nos ha tocado vivir a los hijos, pues ese acto encierra y nos trae la decadencia de su generación, y la de ellos mismos.

No hay una cosa más conmovedora que imaginarse al primo de la foto que murió chupando enérgicamente la cabeza de uno de esos langostinos. Ese gesto succionador y aparentemente inocente encierra y simboliza todo un tiempo que fue.

Al igual que el langostino ha quedado relegado de los platos actuales en comparación con sus momentos de gloria y exclusividad vividos en el pasado, la generación de nuestros padres está de alguna manera tan fuera del mundo como los langostinos, y de alguna manera también lo comenzamos a estar nosotros mismos, pues hemos construido nuestro imaginario con un mundo que ya desapareció.


Hoy todo el mundo aborrece y ningunea a los langostinos de la misma manera que se aborrecen y dan pereza los símbolos, los mitos y las leyendas de aquel tiempo que se descompone. Pero no hay un territorio más confortable en el que podamos sentir la presencia de los que ya no están.